09 abril 2008

Despedida y cierre

Cerrado1

Hace meses seguramente que debería haber puesto estas palabras, porque de hecho este espacio lleva cerrado mucho tiempo.

Hoy he comprendido que había llegado el momento de cerrar las puertas, de poner candados a este tesoro que para mí ha sido este blog durante algunos años.

El adiós a mi madre ha cambiado muchas cosas en mí y se impone también empezar una nueva etapa, tal vez un nuevo blog.

Gracias a todos los que habéis estado ahí siempre, animándome a escribir, leyéndome, compartiendo pantalla, sensaciones, sonrisas y también muchas de mis lágrimas.

Al lado del candado os dejo la llave para que entréis cuando queráis, para que os sentéis en algún recodo del camino y descanséis, para que caminéis por mi interior, por mis palabras y por mis silencios.

Gracias ahora y siempre. Hasta ahora, hasta siempre.

       

Cerrado2                   Llave_2

03 noviembre 2007

Una flecha dirigida

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A mis flechas dirigidas he de añadir ahora un nuevo lugar, o mejor dicho dos: Belesende y Riojuan.

Desde que nací he oído a mi madre hablar de esos dos lugares, su casa, su infancia, su vida, la única que ella recordaba en ese espacio infinito de memoria en el que navegaba su mente en los últimos años.

Comprendo que soñara con ellos, que quisiera regresar a ellos y descansar allí. La primera foto es "su cementerio", allí donde están ahora sus cenizas rodeadas del verde esmeralda de los campos que ella añoraba, bajo el cielo del más hermoso azul que unos ojos pueden contemplar. La segunda foto es "su casa", la casa donde nació, donde creció y a donde regresaba en sus noches infinitas, en sus sueños, en sus añoranzas, la casa donde su memoria y su recuerdo viven ya para siempre.

La primera vez que el médico le hizo pruebas para saber si su mente navegaba por algún camino perdido, le dijo que escribiera cualquier palabra, la que ella quisiera. La recuerdo cogiendo el bolígrafo y con una mirada infinita, con una caligrafía lenta y cuidadosa, escribiendo una sola palabra: Belesende.

Comprendo que quisiera regresar a ese lugar del que jamás se marchó del todo. Su alma, su ser esencial vivió allí siempre, vive allí para siempre. Al pisar aquella tierra, al mirar alrededor, al respirar su aire, también mis entrañas supieron que una parte de mí nació allí y vive también en aquel lugar para siempre.

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Escuchando a Eva Cassidy  Imagine

25 octubre 2007

A mi Dama Pilar

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A mi Dama Pilar, mi madre, que murió el 15 de octubre.

Éste es el texto que leí en su funeral, justo antes de despedirla con esta hermosísima música:(Concierto de Aranjuez-Carlos Núñez)

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Hace algunos años escribí unas palabras en la muerte de un amigo. A mi madre le gustaron y me preguntó si escribiría algo para ella cuando muriera. Le prometí que así sería y aquí estoy cumpliendo mi promesa.

Es difícil, muy difícil escoger las palabras precisas para hablar de alguien tan especial en mi vida, así que intentaré explicaros algunos de los múltiples regalos con los que mi madre me obsequió desde antes de nacer incluso: su valentía, su entrega y su generosidad.

Todos los seres entregados son generosos y mi madre también. La recordaré siempre entregada a sus seres más queridos, viviendo por ellos, para ellos, a través de ellos, de nosotros. La recordaré siempre cuidando a sus enfermos, enseñándonos a hacerlo, mostrándonos que, además de cuidados, un enfermo necesita cariño y compañía, saber que no está solo en su enfermedad.

La recordaré siempre defendiendo a su gente, orgullosa de sus hijas más allá de lo comprensible, diciéndonos que la envidia y la ingratitud son los peores defectos. La recordaré también generosa hasta lo indecible, acompañando a la niña de siete años que era yo entonces, a los columpios a las ocho de la mañana, con una niebla como sólo la hay en Galicia, porque era la única hora en la que no había cola.

La recordaré siempre preocupándose por los suyos más que por ella misma, incluso en estos últimos meses, cuando en ocasiones apenas podía reconocernos.

"Nadie debería llegar a viejo", decía ella siempre, ella que fue siempre una viejecita hermosa, presumida, envidiada, aparentando muchos menos años de los que tenía. Tal vez lo decía porque sabía (con esa intuición que siempre tuvo) que la esperaba una larguísima agonía, en la que, de nuevo, nos daría a todos una lección de fortaleza.

Fue fuerte siempre, hasta ahora mismo. Fue generosa y valiente incluso en el instante de su muerte, regalándonos una despedida dulce y cálida, como si nos estuviera diciendo, como siempre hizo: "Adiós corazón, anda con cuidado".

Ella querría que hoy os diera las gracias a todos los que estáis aquí, pero querría muy especialmente que diera las gracias a algunos seres esenciales: en primer lugar, al ser que lo aprendió todo de su entrega: mi hermana Mari, su hija Mari, que no la dejó sola ni un instante, entregando en ello mucho más que tiempo y dedicación; a mi hermana Carmiña, su hija Carmiña, que sacó lo mejor de sí misma para entregárselo a ella en un hermoso abrazo de despedida; a mi sobrina Marta, su única nieta, que vistió su corazón de sonrisas por llevar en su vientre a su biznieta Andrea, el mejor regalo que mi madre querría recibir.

Y muy especialmente también gracias a tres seres excepcionales que son nuestras hermanas paraguayas ya para siempre, y que cuidaron de nuestra madre en sus últimos años: María y Estela fueron las primeras, y Katy, nuestra queridísima Katy, fue mucho más que una hija para mi madre, cuidando de ella hasta el final.

Hemos querido que el recordatorio fuera un recordatorio de vida porque la guerrera invencible que fue la Señora Pilar fue siempre vida, siempre hacia adelante. Por ello, el recordatorio es un árbol de la vida que a ella tanto le gustaba, y nuestras palabras de agradecimiento queremos que sean hoy de despedida: "Gracias, corazón, por habernos dado algo mucho más importante que la vida, la valentía necesaria para enfrentarla".

Mamaiña querida, ha sido un honor vivir en tus entrañas, ha sido un honor vivir a tu lado.

07 junio 2007

Don Enrique

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"Una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro" (J.R.R. Tolkien)

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Ya no podré decir que todos mis muertos son de otoño: ayer la vida y la muerte se me llevaron a otro amigo del alma: Enrique Fuentes Quintana, mi queridísimo Enrique, mi admirado Profesor.

En esta larga noche del alma en la que me encuentro en este último año, la desaparición de un amigo así, de un ser imprescindible, se convierte de nuevo en un tatuaje doloroso y permanente.

Don Enrique (así le llamé siempre y él sonreía al oírlo) forma parte de mí y ha formado parte importante de mi vida. En lo profesional ha sido y será siempre un referente: leyéndole y oyéndole resultaba fácil entusiasmarse con la Economía. Para siempre quedan ya sus textos, sus libros excelentes, con ese cuidado y esmero de quien ama la palabra y el conocimiento.

En lo personal, mi Don Enrique es y será siempre un amigo inolvidable, cercano, amable, tierno e imprescindible. Sus hermosísismas cartas, que hoy vuelvo a leer entre lágrimas, forman parte de la piel de mi alma. Sus sonrisas, escasas y escogidas, se mezclan hoy con el llanto de mis ojos cansados. Su voz, ese trueno hermosísimo que nada ni nadie pudo nunca acallar, suena hoy en mi recuerdo paseando dulcemente por tantos lugares y momentos compartidos.

Nuestro será ya para siempre aquel paseo con caricias de viento en torno a la Torre de Hércules, aquella luna sitgetana de una noche de mayo, y aquellas cenas y risas compartidas con amigos ya desaparecidos en Menorca. Nuestras serán ya para siempre las charlas interminables, el dolor compartido, los sueños, los lugares comunes, la ternura, el silencio, y el cariño eterno. Nuestras serán para siempre las campañas luchadas dentro del corazón.

Al guerrero que él siempre fue le debo hoy la fortaleza que no tengo, la alegría que no sé dónde buscar, las palabras hermosas que intento escribir. Al luchador que él siempre fue le debo hoy seguir peleando por la verdad, por la coherencia, por la justicia. Al magnífico profesor que él siempre fue le debo hoy seguir creyendo en la docencia, en el amor por las obras bien hechas.

En este momento de adiós regresa al pensamiento apenado toda la vida compartida, que es mucha, y entre las lágrimas que no puedo ni quiero controlar asoma una sonrisa, la que él (lo sé) me reclama en este momento, esa sonrisa que forma parte de mí y de mi mirada, según él siempre decía.

Allá donde estés, mi queridísimo Don Enrique, te llegarán cada 13 de diciembre esas rosas rojas que año tras año te hacían decir sorprendido:¡te has acordado! ¿cómo podría olvidarme? Gracias, queridiño, por tanta vida que me has regalado.

06 abril 2006

Una flecha encantada

Juntos

Para Ernesto, desde la Amistad, desde la ilusión permanente de un nuevo comienzo, desde mi cariño de siempre.

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"Un regalo no tiene que ser, por fuerza, un objeto que se compra. También puede ser algo que sea únicamente para la vista del testigo. Algo hecho para recordar y no para poseer"

(Carlos Castaneda - El don del águila)

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Cuando entró en la habitación sintió frío, dentro y fuera de su cuerpo, como si una nube de tormenta se hubiera instalado en su piel y en su corazón. No quiso hacerle caso y se acercó al radiador de la calefacción,  subió el mando hasta el máximo y se sentó en la cama. Con amoroso cuidado sacó su libreta del bolso y su pluma favorita, recordando la promesa que le había hecho a Ernesto de escribir algo para él en este viaje.

Una hora después la página de la libreta seguía en blanco mientras ella sonreía. Allí estaba, recordando los hermosos regalos envueltos en palabras que se habían enviado el uno al otro en los últimos meses, los cercanos abrazos que desde la distancia exterior habían traspasado caminos estelares hasta llegar a sus corazones, las caricias que, lejos de quedarse en la superficie, habían conseguido instalarse en sus almas y provocar en su interior una ternura infinita.

Sus ojos, los de los dos, eran y son oscuros como la noche, con una especial belleza que nada tiene que ver con los cánones al uso. Son ojos llenos de vida y, por tanto, plagados de sueños imposibles, de batallas perdidas que merecerían ser ganadas, de sonrisas abiertas y francas, y de una melancolía que permanece en ellos ya para siempre.

Seguramente compartieron calles, lugares, pensamientos, sueños, mucho antes de saber que se conocían, que ya habían compartido algún lugar en sus corazones, en alguna otra vida, en algún otro plano de la realidad, en algún otro universo. Seguramente sus sueños habitaron lugares comunes, sus soledades compartieron ausencias, sus lágrimas lloraron el mismo dolor.

Nacieron el mismo año, son fruto probablemente de la misma distancia insalvable que aúna los cuerpos y procrea soledades. Ambos supieron con la primera bocanada de aire que su estirpe terminaba allí, en ese mismo instante aislado de todo tiempo, de todo sentido, en ese mismo instante en que, una vez más, nacían a este mundo. La piel de él se vistió de oscuro al nacer; la de ella adornó su blancura con estrellas del color de la miel.

Sus sonrisas, las de los dos, no son un gesto, un rictus automático, sino un sentimiento, una expresión nacida desde ese interior que tanto sabe de luchas y tristezas, de aprender tras la ventana de las lágrimas calladas. Sus sonrisas son francas, alegres, sensatas, con ese deje de melancolía que demuestra que saben que vivir no es ni mucho menos lo mejor que puede ocurrirnos a los seres humanos.

Sonreía mientras volaba sobre cumbres nevadas y nubes que le recordaban el algodón de azúcar de su infancia. Y supo que en cuanto llegara le contaría a Ernesto todo lo que no había escrito en su libreta, todo lo que llenó su corazón mientras le recordaba, todas las palabras que una vez más rodearon su abrazo.

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Foto aquí

Escuchando: Enya - A moment lost.wma

19 marzo 2006

Si lo vieras con mis ojos

Hibiscus

A mi querido Roberto Zucco, gracias por el regalo de su cariño y su amistad

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(No importa que una historia sea verdad o mentira, sino que uno sepa contarla ...)

Antonio Muñoz Molina – “Beatus ille”

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Cada tarde, a la hora del crepúsculo, se sentaba en aquella mesa apartada del viejo café. Le gustaba aquel lugar oscuro pero no lúgubre, de cuyas paredes colgaban reproducciones de magníficos cuadros que siempre había admirado: El Jardín de las Delicias del Bosco, La Persistencia de la Memoria de Dalí, El perro de Goya, y al fondo, como guardando con su mirada a todos los demás, aquel magnífico dibujo: El Hombre de Vitrubio de Leonardo da Vinci.

Desde su mesa podía contemplarlos con calma, pasear su mirada lentamente por ellos, detenerse en cada detalle y hasta imaginar a los artistas en plena obra. Le gustaba, además, la música que sonaba siempre en aquel local: parecía reflejar la personalidad de sus variados clientes habituales. En ese momento sonaba al fondo el Preludio del Tristan de Wagner, su música favorita. Alguien parecía haber leído en su pensamiento, en algún lugar recóndito de su interior.

Se fijó entonces en el solitario ocupante de otra de las mesas: le llamó la atención la pasión con la que parecía estar leyendo, como si sus ojos devoraran el libro que estaba entre sus manos. De vez en cuando, su rostro se relajaba y un asomo de sonrisa se colgaba de sus labios y de sus ojos. Levantaba entonces la mirada del libro y la paseaba por el local, deteniéndose apenas un instante en el rostro de cada uno de los escasos seres que lo poblaban en aquel momento. A continuación, el hombre cogía un pequeño lápiz que reposaba sobre su mesa y tomaba unas notas apresuradas en un blog espiral diminuto. Después regresaba a su lectura frunciendo el ceño durante largos minutos hasta que de nuevo comenzaba la liturgia de su sonrisa.

Su mesa estaba suficientemente cerca como para poder observarle con detalle. Se fijó entonces en sus manos de dedos largos, de movimiento elegante y firme. En ese instante él levantó la vista y pudo ver sus ojos llenos de vida, una mirada penetrante y valiente, sincera. Recordó entonces algo que había leído en cierta ocasión: “Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro”. Se dio cuenta de lo fácil que le resultaba mantener aquella mirada, compartirla.

A la mirada le siguió la voz, una voz enérgica y cargada de ternura, con un deje melancólico y burlón al tiempo, una voz que parecía nacida para decir sólo palabras imprescindibles.

Hola, soy -, y no pudo acabar su frase porque ella, mirándole a los ojos, posó suavemente los dedos sobre sus labios y le dijo: No digas nada, sé quien eres, lo he sabido siempre. Eres quien yo espero.

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Escuchando a Louis Amstrong: what_a_wonderful_world.mp3

05 marzo 2006

Siempre

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Antes de mí
no tengo celos.

¡Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo!

¡Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra
para comenzar la vida!

(Pablo Neruda)

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Foto aquí

18 febrero 2006

La casa de Brisa y Nube

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Hoy, hace apenas unos instantes, he recibido un hermoso regalo de alguien muy especial. Él sabe cuánto me gustan los cuentos, escribirlos y leerlos. Acaba de llegar como comentario a mi post anterior, y al verlo he creído que merecía "un primer plano". Gracias a mi querido Rythmduel por este obsequio mágico.

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La Casa de Brisa y Nube

(Un cuento de Rythmduel)

Con el paso de los años, la casa se había convertido en un territorio salvaje.

Al principio, cuando la abandonaron, todo había quedado en silencio. Estaba repleta de frío y soledad: otra de tantas cosas que el hombre usa y tira sin preocuparse.

Pero pronto algo empezó a cambiar.

La Naturaleza, primero muy poco a poco, casi de puntillas, luego ya pisando fuerte, sin disimular, fue ocupando las paredes, los suelos, los techos, los rincones húmedos y oscuros, la madera vieja de puertas y ventanas. Hongos, ratones, hormigas, carcoma, gusanos, moscas, mosquitos, cucarachas, arañas..., todos fueron llegando para quedarse. La casa se llenó de habitantes menudos e inquietos, de suaves ruidos: aquí unas patitas corriendo apresuradas, allá un roce de alas, más allá un crujido... El canto de la Naturaleza era apenas un susurro, pero tenía la fuerza de la Vida.

Brisa y Nube, dos golondrinas jóvenes, se habían jurado amor eterno. Decididas a formar una familia, estuvieron de acuerdo en construir su primer nido sobre una ventana de la vieja casa. El lugar era tranquilo, ideal para criar a sus polluelos. El campo estaba cerca, rebosando en primavera de flores e insectos. Un pequeño arroyo cruzaba el patio trasero, y silbaba alegre una canción de bienvenida.

Así pues, allí se quedaron.

Tuvieron dos polluelos: Tenue y Terral, dos bichillos siempre hambrientos e incansables que echaron a volar muy pronto. Fueron unos días agotadores para Nube y Brisa: vigilarlos y alimentarlos ocupaba todo su tiempo. Casi no podían comer, pero el esfuerzo valía la pena: sus hijos crecían sanos y felices.

Tomaron la decisión de regresar todos los años a esa casa. Y lo hicieron: volvían unas semanas antes de poner los huevos para reparar el nido, criaban a sus nuevos polluelos, y partían al llegar el Otoño hacia tierras más cálidas. A Brisa y Nube se les unieron pronto otras parejas, que se instalaron en los restantes ventanales: Centella y Soplo, su hija Tenue, que se comprometió con Rayo, Silva y Galerna, su hijo Terral y Rizos... Nuevas generaciones de golondrinas rompieron el cascarón, se alimentaron y aprendieron a volar en la seguridad de la vieja casa. El silencio de la piedra y el cemento se llenó de chillidos ansiosos, de regañinas paternas, de aleteos apresurados.

Sí, con el paso de los años, la casa se había convertido en un territorio salvaje. Y su propietario era la Vida.

Hasta que llegó Ella.

Notaron que algo extraño pasaba cuando al regresar, allá por el mes de Marzo, encontraron las ventanas de la casa abiertas de par en par. Un sonido que no era del viento, ni de las ramas de los árboles vecinos, parecía venir del interior.

Un sonido. Un rumor que estremeció sus plumas.

Allí había un humano.

Brisa y Nube habían conocido humanos en sus viajes. Sabían, por instinto y por las enseñanzas recibidas de sus padres (que a su vez, las habían recibido de sus abuelos, y éstos de sus bisabuelos, y así hasta el principio de los tiempos) que debían apartarse del camino de los humanos. Los humanos podían llegar a todas partes. Cambiaban la tierra a su gusto, o la destruían. Los humanos no eran de fiar. No respetaban nada ni a nadie. No obedecían las reglas de la Naturaleza.

Temieron por su hogar.

Se acercaron a la casa con precaución, revoloteando primero bien lejos, después un poco más cerca, hasta que pudieron distinguir con claridad su nido.

No había pasado nada. Allí estaba. Un poco estropeado por el viento y la lluvia, pero nadie lo había tocado desde el año anterior. Los otros nidos tampoco habían sufrido daño.

Dudaron entre quedarse o buscar un lugar mejor. Con un humano tan cerca, no iban a estar seguros. La casa ya estaba condenada para ellos, dijo Nube. No respondió Brisa. Hace falta algo más que una simple amenaza para que una golondrina abandone su primer nido .

Brisa siempre había sido una golondrina valiente.

Se quedaron.

Esa misma noche descubrieron que el habitante de la casa era alguien especial, aunque un poco ruidoso, como todos los humanos. Ya de madrugada, cuando las habitaciones del interior quedaron a oscuras, comprobaron asombradas que el canto de la Vida no se había apagado del todo. Además, había algo en el ambiente.

Sí, la casa se había llenado de un aroma inconfundible.

Era el perfume de los sueños.

Contaban los ancianos que hace mucho, muchísimo tiempo atrás, cuando la Tierra era diferente a como es ahora, cuando los continentes estaban unidos y el clima era distinto, las golondrinas no viajaban. No tenían necesidad. Vivían felices y despreocupadas en el País Templado, un paraíso de paz y abundancia. Pero el mundo cambió. Tembló, escupió fuego, y la tierra se rompió en mil pedazos. Se vaciaron mares y crecieron enormes cordilleras. En algunos lugares llegó el frío más terrible, otros se convirtieron en desiertos abrasadores. El País Templado desapareció. Y las golondrinas tuvieron que buscar mejores sitios para vivir. Empezaron a viajar. A migrar.

Al principio fue muy, muy duro. No estaban acostumbradas. Nunca habían tenido que ir tan lejos. Eran, además, perezosas por naturaleza, después de tanto tiempo sin esforzarse por nada. Muchas murieron por el camino (el Gran Viaje, decían los ancianos), y sólo quedaron las mas fuertes y valientes. Pero al fin encontraron nuevas tierras en las que vivir, y rutas por las que desplazarse cuando llegaba el frío. De todas formas, viajar seguía siendo cansado y penoso.

Y entonces fue cuando descubrieron los sueños.


Un día se dieron cuenta que, en las largas noches de migración, podían encontrar sueños en el cielo y dejarse llevar adormecidas por ellos sin esfuerzo, recorriendo así enormes distancias. Desde aquel momento, millones de golondrinas han descansado en pleno vuelo acompañadas por los sueños.

Los sueños de los Hombres.

Y nunca han entendido porque, siendo esos sueños tan hermosos y elevados, los humanos han sido y son tan salvajes y temibles.

Pero últimamente los sueños estaban escaseando, y los viajes volvían a ser como en un principio , cada vez más duros y penosos.

Por esa razón, para Brisa y Nube fue un regalo sorprendente encontrar la casa rebosante de anhelos y esperanzas. De repente, parecía que todo iba a ir mucho mejor.

Brisa, que siempre había sido una golondrina intrépida, empezó a volar a menudo en el interior de la casa cuando el humano salía dejando las ventanas abiertas. Nube, aterrada, se enfadaba con él. Piensa en tus hijos , le regañaba. Estás loco. Te vas a meter en un lío , repetía una y otra vez. Pero, como ya sabemos, Brisa era muy valiente. Y también muy testaruda. Así que siguió con sus "excursiones". Amaba navegar por el amplio comedor, que no tenía muchos muebles, y respirar la fragancia de los sueños que el dueño de la casa había dejado flotando. Ésta, además, estaba repleta de pequeños tesoros: mosquitos, moscas, a veces restos de comida, que llevaba gustoso al nido.

Un día, tal y como le había advertido Nube, fue sorprendido en sus correrías.

Estaba realizando una pasada de vuelo delante del espejo del salón, admirando su destreza, el muy presumido, cuando el humano entró. Brisa no le esperaba, y se asustó. Empezó a dar vueltas en la habitación como un loco, chocando con las paredes y los muebles. De pronto, enganchó una de sus alas en una esquina del armario principal. Era su fin. De fuera le llegaban los chillidos desesperados de Nube, que revoloteaba frente a la ventana. Soy un tonto pensó.

El humano se acercó. Extendió sus dos enormes brazos y, con mucho cuidado, le desenganchó el ala. Luego, sujetándolo suavemente, se acercó a la ventana y lo soltó cerca del nido, como si tuviera miedo de que se perdiese. ¡Perderse él, que atravesaba cada año continentes enteros y siempre llegaba a su destino! ¡Qué ignorancia!

Después de aquel susto, Nube estuvo varios días sin hablarle, pero se le acabó pasando el enfado. Además, las golondrinas se sentían cada vez más a gusto, más todavía que en los primeros tiempos, cuando la casa se hallaba vacía. Se acostumbraron enseguida al ritmo de vida del humano, y a la riqueza de sus sueños.

Muy pronto, Brisa se dio cuenta de una cosa: el habitante de la casa era un humano femenino. Una mujer. Sus pasos silenciosos y sus movimientos suaves, la voz musical cuando cantaba, la delicadeza de sus deseos, eran señales que le recordaban a su compañera Nube, con su frágil pero enérgico aleteo y la suavidad de su pico... ¡Ah, las hembras!

Como no sabía su nombre, Brisa decidió llamarla Ella.

Muchas veces, la mujer se asomaba a una ventana, y se quedaba mirando a las golondrinas en silencio. Éstas ya no se asustaban: Ella era una más de la colonia. A menudo, les dejaba cerca del nido insectos y restos de comida, y pequeños cuencos con agua fresca. Otras veces, parecía que les estuviera hablando o cantando. Brisa se preguntaba por qué Ella estaba tan sola. Nube le contó que a los humanos les costaba mucho emparejarse, porque eran muy complicados y egoístas. A Brisa, Ella no le parecía egoísta. Tú qué sabrás le respondió Nube, un poco molesta a causa el interés de Brisa por la humana.

¡Ah, las hembras!

Brisa empezó a acompañar a la mujer en sus salidas. Era fácil distinguirla: una enorme mata de pelo rojo como el fuego poblaba su cabeza, una señal inconfundible desde las alturas. Volaba con Ella hasta la entrada del pueblo vecino, se quedaba dando vueltas por los alrededores esperándola, y la acompañaba en su regreso. Nube les dejaba marchar: era imposible retener a Brisa. Era una golondrina muy, muy testaruda.

Brisa sabía que, en las noches de luna radiante, a Ella le encantaba salir a pasear descalza por la hierba y tumbarse boca arriba a contemplar las estrellas.

Soñaba despierta. Brisa lo sentía en sus alas, más fuerte que nunca. Era como un soplo de aire cálido que le empujaba hacia el cielo.

Formaban un extraño trío, vistos desde lejos: Ella acostada, en completo silencio, respirando lentamente y con una sonrisa en los labios; allá arriba, la luna enorme, perfecta, derramando un manto de luz lechosa y, entre ellos dos, Brisa, yendo y viniendo, yendo y viniendo, yendo y viniendo, como adormilada en una mecedora invisible...

Toda esta historia a mí me la contaron.

Yo no lo vi, aunque me hubiera gustado.

Tampoco he sabido lo que fue al cabo de los años de la mujer, de Brisa y de Nube, o del resto de golondrinas. Eso no me lo contaron.

Se dice que un día, no hace mucho, pasó cerca de aquella casa, ya medio en ruinas, un científico, un famoso naturalista. Se detuvo un rato a mirarla, y algo debió encontrar porque a la mañana siguiente regresó con una gran escalera. De una de las ventanas, el hombre bajó un pequeño tesoro, algo estropeado por el paso del tiempo: un hermoso nido de golondrina, como nunca antes se había visto, entretejido con ramitas y una tupida trama de largos cabellos, rojos como el fuego.

Yo no lo vi, pero los que pudieron contemplarlo cuentan que tenía forma de corazón.

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Fotos aquí

04 febrero 2006

Caricias vestidas de adioses

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Vi acercarse amenazante un ave negra a mi ventana y cerré los ojos para no verla, pero al volver a abrirlos comprobé que todavía estaba allí. Pensé en escapar corriendo hacia la puerta y huir de ella para siempre, pero algo me dijo que si lo hacía, ella iría siempre conmigo, por toda la eternidad. Sentí miedo, y las lágrimas abandonaron mis ojos, todas mis lágrimas fluyeron para siempre. Comprendí que ya no me quedaba más llanto. Me sentí llena.

Volví lentamente mis ojos hacia la ventana y allí seguía con sus ojos oscuros e impenetrables. Me acerqué y traté de hablarle, pero ella me contestó que no entendía el lenguaje de los humanos. De pronto me di cuenta de que yo sí entendía el suyo y comprendí. Acerqué mi mano a sus plumas y las acaricié, tomé su pico entre mis dedos y lo besé. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Una voz suave salió de su boca y me dijo : "Los pájaros no lloramos nunca, no sé qué ha podido ocurrirme". Sonreí y todas sus lágrimas fluyeron para siempre. Se sintió lleno.

Pensé entonces en hacerle entrar y ofrecerle mi casa, pero él, pareciendo leer mi pensamiento, me dijo: "Iris querida, los pájaros odiamos vivir sin libertad", y creo que sonrió. Acaricié de nuevo sus alas y besé su pico, me despedí con mil caricias vestidas de adioses y le dije: "Siempre te echaré de menos". Giró su cabeza y acercó su pico a mi rostro: "Los seres como nosotros jamás están lejos el uno del otro. Siempre volveré".

Cerré mi ventana y le vi alejarse. Quise llorar pero recordé que ya no me quedaba más llanto.

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Escuchando: Mary Black "Once in a very blue moon"

(Para escucharlo, pinchad en: Download)

Foto aquí

15 enero 2006

Ausencia

Ausencia

Sobre el horizonte divisé el águila.

Sobre el tiempo adiviné la luz.

Sobre tus ojos imaginé mi ausencia.

Sobre mi ausencia me sorprendió la nostalgia.

Bajo el vacío divisé la noche roja.

Bajo la noche adiviné el silencio.

Bajo tus labios imaginé ternura.

Bajo la ternura me sorprendió la ausencia.

Laberintos de abrazos, besos de silencio.

Vacío de sueños, abismos de ausencia.

Rayos de ternura, nostalgias eternas.

Auroras en fuga, se detiene el tiempo.

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Foto aquí

Escuchando  a Vangelis: "Love Theme from Blade Runner"

(Para escucharlo, pinchad en: Download love_theme.wma )

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