Uno. Ama la singularidad sobre todas las cosas.
Dos. No te creas ni una palabra de lo que tus padres y educadores te hayan dicho sobre el mundo. Aun en el caso poco probable de que ahí hubiese alguna verdad, te resultará del todo inútil hasta que no te la hayas demostrado a ti mismo o misma mismamente.
Tres. Desprecia todas las fórmulas preestablecidas, incluso —y sobre todo— la del matrimonio: si amas a alguien, demuestra que puedes ser original.
Cuatro. Desconfía de todo principio fundado en la tradición: si es bueno para ella, casi con toda seguridad será nocivo para ti como individuo singular.
Cinco. En Navidad no seas otro borrego consumista más.
Seis. Si eres de un equipo de fútbol, un partido político, miembro de alguna iglesia u organización filantrópica, o todavía ves la televisión o te crees los periódicos, no sigas leyendo: no tienes remedio.
Siete. Ignora por completo a los políticos de derechas; desconfía totalmente de los políticos de izquierdas; de los del centro no te creas nada y menos que nada su centralidad.
Ocho. Cumple las leyes por una cuestión de salud y preservación personales, no porque sean moralmente aceptables: la Alemania nazi, la Rusia de Stalin, la España de Aznar y la América de Bush también tuvieron sus leyes.
Nueve. La naturaleza sigue al hábito: no hay leyes universales: sólo el infinito limita tu creatividad.
Diez. Huye de curas, gurus, lamas, rabinos y mulás como de la peste... o acabarás haciendo el papel de hombre-sin-cabeza en su circo moral.
Diez y medio. Honra a tu madre y a tu padre... en el caso estadísticamente infrecuente de que se lo merezcan.
Once. Encuentra la clave dentro de ti y no te creas ningún decálogo: como ves, éste ni siquiera lo es.
(Un tesoro extraído de Trek_log)
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'Aterrorismar'
EMILIO LLEDÓ
EL PAÍS - Opinión - 06-09-2005
Quienes pasan, en estos últimos tiempos, por aeropuertos de distintos países, sobre todo de EE UU, acaban por insensibilizarse y aceptar, como algo natural ya, los duros y desagradables controles a los que se ven obligados. Si tiene usted la piel pigmentada, con cierta tendencia a los tonos oscuros, es posible que los encargados de nuestra seguridad no se contenten, obedeciendo órdenes y consignas, con hacerle quitar el cinturón y los zapatos y tomarle las huellas digitales o faciales, sino que le hagan desnudarse casi por completo. Este hecho, que es sólo ejemplo, si se quiere inofensivo, por muy humillante y absurdo que parezca, es uno más entre centenares de agresiones a que pueden condenarnos los gobiernos que se alimentan de la funesta "cólera de los imbéciles" y que pretenden contagiárnosla.
Es cierto que con esas medidas, más o menos justificadas, se nos hace creer que nuestro vuelo, o nuestro acceso a un determinado edificio, es más seguro; y con la esperanza de esa seguridad aceptamos tales controles y acabamos incorporándolos como hábitos necesarios de nuestro comportamiento social, como accidentes inevitables de nuestra existencia. Es cierto que en un mundo aterrorismado hemos llegado a asumir que no hay otro remedio que resignarse a la presunción de culpabilidad de todo ser humano y a que, por unos momentos, tengamos que soportar la inclusión en una etérea lista de malhechores. Una culpabilidad universalizada que, irradiada a todo viajero o visitante, nos tranquiliza y nos asegura, pero que nos va inyectando en los recodos de nuestro ser esa nueva forma de miedo que me atrevo a bautizar con el nombre de aterrorismar. Es cierto, también, tal como nos demuestra, trágicamente, la experiencia que, por muchos controles que hagamos, no podemos evitar el acto terrorista que haya sido realmente maquinado. Y es cierto, entre otras muchas certezas, que, al parecer, las empresas de seguridad son, como es lógico, un excelente negocio.
Bien es verdad que un porcentaje importante de los políticos que reinan en nuestras ilustradas democracias suelen ser personajes, digamos, de medio pelo, cuando no fanáticos atontolinados, individuos de oscuras biografías, perturbados por ideólogos de distintas sectas que les agruman el cerebro y les hacen hablar por boca de ganso. Los gansos no son sino los otros, los que realmente tienen en sus manos los negocios, las empresas, las inmobiliarias, las compañías petrolíferas, las fábricas de armas. Son gansos, efectivamente, por su inhumano y desesperanzado cerebro; pero astutos, implacables, ignorantes, crueles. Ellos mandan tirando de los hilos de sus intereses, de los que, en bastantes casos, hacen partícipes a sus mentecatas marionetas.
Porque nada hay tan peligroso como un mentecato armado, un idiotizado activo, movido por unas cuantas frases hechas: "eje del mal", "destrucción masiva", "implantar democracia", "defender la identidad", "efectos colaterales", "ayuda humanitaria" y, la más reciente, "combatir el terrorismo". En muchos casos, el terrorismo, como eslogan publicitario, con todas las tristes y lamentables excepciones, es un invento y un fomento de estos señores, que lo cuidan y desarrollan con extremado esmero. La creación del terrorismo, como peligro universal, es una de las fuentes más lucrativas para mantener encendido el fuego de la guerra. Una guerra que no cesará "mientras", como decía el poeta, "haya alguien que saque tajada de ella".
Ese fomento del terrorismo permite a esos poderes, tan sanguinarios como los mismos terroristas que ellos azuzan con sus bestiales y despiadadas guerras, machacar con bombas de racimo u otros monstruosos artilugios a un país como Irak y causar miles de muertos y heridos civiles inocentes -todos los muertos de todas las guerras son inocentes-, arrasar poblaciones enteras, mutilar niños. Basta con visitar los hospitales de Bagdad de la mano de algún médico sin frontera, pero con piedad, para comprender la otra forma de terrorismo, que sirve, paradójicamente, para alimentar el terrorismo de los desesperados, de los obnubilados, de los fanáticos. Por supuesto, no más obnubilados y fanáticos que los pontífices del "eje del Bien". Nadie con un poco de capacidad para entender habrá creído nunca la bazofia ideológica que chorrea entre las neuronas y los comportamientos de semejantes individuos. A no ser, claro, que hayamos perdido los papeles, los papeles del sentido común, de la justicia, de la bondad. Por cierto, y a propósito de bondad, el filósofo había escrito: "Aquello que distingue al hombre justo y bueno es ver la verdad en todas las cosas, siendo, por así decirlo, el canon y la medida de todas ellas". Pero es muy posible que entre esos papeles perdidos se halle, además, el papel de la verdad. Porque siempre se nos había informado de que un hermoso lema de honradez en la cultura de los Estados Unidos era el no permitir la mentira, y menos en un político. Parece, sin embargo, que esta consigna ética es otra frase hecha que, por lo que estamos viendo, no sirve absolutamente para nada. Sabemos que no había armas de destrucción masiva y, con una elemental lógica, deducimos que una buena parte de las noticias con que nos han bombardeado eran totalmente falsas o fruto de manipulaciones desvergonzadas. Pero ningún político predicador de esas falsedades ha dimitido, ni ninguna presión de la opinión pública les ha obligado a hacerlo.
Tal vez esta insensibilidad social, esta ceguera ante los derechos humanos, que permite mantener cárceles secretas, aislar y maltratar en múltiples Guantánamos a muchos inocentes, entregar hipócritamente a supuestos sospechosos para que otros gobiernos los torturen, es fruto de esa peculiar forma de asustar y atemorizar como es, hoy en día, aterrorismar. Una palabra que expresa todas las modificaciones que, en nuestro mundo, es capaz de experimentar el inevitable miedo al que siempre estuvo sometida la humanidad. La peste, la sequía, el hambre, las guerras y otras plagas semejantes han poblado la historia humana de infelicidad y angustia, y siempre hubo quien sacó provecho de ella sometiendo a la gente con las armas o, cuando ya no era posible, con el dominio sobre sus cerebros, sobre sus consciencias. Siempre hubo administradores ideológicos del miedo que podía, en muchos momentos, hacer de nosotros individuos irracionales, despiadados y agresivos. En nuestro tiempo, ya no tenemos que atemorizarnos sólo por las catástrofes naturales que nos sobrevengan, sino sobre todo por las que provocan aquellos que desde distintos torreones del poder pretenden atontarnos, aterrorismarnos y dominarnos, con los productos de sus desvencijados cerebros.La utilización del terrorismo como excusa es una forma de meternos miedo en el cuerpo. Con ello se justifica no sólo la violencia personal que podamos ejercer contra los indefensos, o contra otros tan aterrorismados como nosotros, sino para justificar la de aquellos que se permiten asustarnos continuamente, acosarnos con el terror de sus noticias o de sus actos y seguir cultivando el miedo, motor siempre de la violencia y la agresividad. Ya no estamos únicamente atemorizados, sino aterrorismados. Basta que alguien grite la palabra 'terrorista' entre una multitud para que, como acabamos de tener noticia, ocurra la tragedia del puente sobre el río Tigris. Porque la inseguridad, la infelicidad, el terror que filtran en el cerebro de sus súbditos, obedecen ya a un mundo de mensajes, de comunicaciones, de manipulaciones que fluyen por los medios de información, que sirven para globalizar las noticias y, de paso, globalizar el terror, incorporar el terror en nuestra mente, poco a poco, para permitir la existencia y el imperio de los imbéciles y de su cólera. Cuando en algún aeropuerto del globo le hagan a usted quitarse el cinturón, ese pequeño y estúpido gesto del que, por supuesto, no es responsable el funcionario que se lo indica, sepa que es una casi insignificante forma de irle, poco a poco, inoculándole terror, desconfianza, inseguridad, infelicidad, ignorancia, agresividad. Le están aterrorismando.
Artículo extraído del periódico El País en su edición del 6 de septiembre de 2005
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(Foto aquí)
EL PAÍS - Internacional - 03-09-2005
Las escenas de cuerpos flotando, de gente buscando comida en los escombros y de la multitud desesperada por encontrar cualquier forma de huir de Nueva Orleans han sido trágicas. Pero muchos líderes afroamericanos sienten además la indignación creciente de que la mayoría de los que siguen atrapados en el centro de esta tragedia son los mismos que durante generaciones fueron colocados en los márgenes de la sociedad.
Las víctimas, subrayan, son mayoritariamente negros y pobres: los que trabajan duramente en la parte trasera de los paraísos turísticos, los que viven en los ruinosos suburbios que desde hace mucho se sabían vulnerables al desastre si los diques fallaban. Sin coche para escapar a tiempo, fueron dejados atrás por la falta de un plan para su rescate.
"Si sabes que el terror se acerca en forma de huracán, y siempre has visto el daño que han hecho en Florida y otros lugares, ¿en qué estás pensando?", se pregunta Calvin O. Butts III, reverendo de una iglesia baptista de Harlem, Nueva York. "Pienso que mucho de lo ocurrido tiene que ver con la raza y la clase. La gran mayoría de los afectados son pobres y negros".
El sentimiento de que la raza y la clase son las marcas silenciosas que determinaron quién escapó y quién se vio atrapado se ha ido extendiendo. Como en los países en vías de desarrollo, donde los fracasos de las políticas de desarrollo se ponen de manifiesto cada vez que hay desastres naturales como inundaciones y sequías, varios dirigentes nacionales sostienen que algunas de las ciudades más pobres de Estados Unidos se han vuelto más vulnerables como consecuencia de las políticas federales.
"Nadie se fijaba en la situación de mucha de la gente negra en estos municipios cuando el sol brillaba", afirma Milton D. Tutwiler, alcalde de Winstonville, Misisipí. "Por tanto", prosigue, "¿estoy sorprendido de que ahora nadie haya venido a ayudarnos? No".
La polémica ha inundado las webs de los grupos afroamericanos y muchos de sus líderes dicen que es el primer asunto de conversación en el país. Algunos describen la devastación provocada por el huracán Katrina como "nuestro tsunami", subrayando que todavía no se ha producido una respuesta como la que siguió a la tragedia asiática.
Roosevelt F. Dorn, alcalde de Inglewood (California) y presidente de la Asociación Nacional de Alcaldes Negros, sostiene que los equipos de ayuda y de rescate deben actuar más deprisa. "Tengo un listado de alcaldes negros de Misisipí y Alabama que están pidiendo ayuda a gritos; están desesperados y nadie responde a sus llamamientos".
El reverendo Jesse Jackson opina que las ciudades han sido dejadas de lado por la Administración de George W. Bush porque el presidente recibió pocos votos urbanos. "Mucha gente negra siente que su raza, su situación social y su comportamiento electoral han sido factores a tener en cuenta en la respuesta", aseguró Jackson tras reunirse con autoridades de Luisiana. "Lo que es evidente es que hay muchos pobres sin forma de salir".
En Nueva Orleans, el impacto del desastre subraya la relación entre raza y clase en una ciudad donde dos tercios de los residentes son negros y más de una cuarta parte vive en la pobreza. Spencer R. Crew, presidente del Centro para la Libertad, en Cincinnati (Ohio), afirma que el huracán forzará a la gente a afrontar el asunto de la desigualdad: "La mayoría de las ciudades tienen una parte oculta, de la que no siempre se habla, de pobres -blancos y negros-, y la mayor parte del tiempo lo ignoramos. No podemos ignorarlo más".
"Supongo que el presidente culpará a los servicios de información, pero el peligro era claro", apunta Charles B. Rangel, congresista demócrata de Nueva York, quien lamenta que los recursos absorbidos por la guerra de Irak o por los "recortes de impuestos a los ricos" no se hayan destinado a las zonas pobres.
A las afueras de la Bro oklyn Law School, un hombre que vendía el jueves música de cantantes afroamericanos sacó una terrible conclusión de lo sucedido: "Los negros no interesan".
Entre los mensajes y ensayos que circulan por Internet sobre la catástrofe hay uno de Mark Naison, un profesor blanco de estudios afroamericanos de la Universidad de Fordham, en el Bronx, Nueva York: "¿Esto es por lo que los pioneros de los movimientos de derechos civiles lucharon? ¿Una sociedad en la que muchos negros están tan atrapados y aislados por su pobreza como lo estaban por las leyes segregacionistas?". Y añade: "Si el 11-S mostró el poder de una nación unida en respuesta de un ataque devastador, el huracán Katrina revela las profundas divisiones sociales de la nación".
Martín Espada, profesor de la Universidad de Massachusetts, recalca que "los pobres están en peligro". "Esto es lo que significa ser pobre: es peligroso ser pobre; es peligroso ser negro; es peligroso ser latino".
El próximo domingo habrá plegarias. Los creyentes rezarán juntos por los sobrevivientes y por los que fallecieron e intentarán entender algo que todavía no se comprende del todo. Algunos quizá hablarán de una mano divina detrás de todo esto. Pero otros ya han notado la ausencia de una mano humana.
(Artículo extraído del periódico El País en su edición del 3 de septiembre de 2005)
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Juan José Millás
EL PAÍS - 26-08-2005
Aznar y su heredero psicológico coincidieron en un campamento de FAES y las JONS, donde el primero dirigió a lo largo de julio (sin quitarse la chaqueta del hombro en todo el mes) un curso de verano acerca de las bondades de la extrema derecha. Rajoy, que ha devenido en un hombre fieltro, dejó hablar a su ventrílocuo y luego le dio razón de forma compulsiva. Tanta razón le dio que se quedó sin ella, por lo que comenzó a desvariar enseguida con lo del desmantelamiento de España, que, sorprendentemente, es lo que más excita a los fanáticos de la unidad. Franco gobernó 40 años azuzando ese fantasma que provocaba lipotimias en sus actuaciones públicas.
Tras hablar muy seriamente de ese desmantelamiento, hizo un análisis de la política de Zapatero, de quien afirmó que no quería ser español, revelación sorprendente que ningún periódico, sin embargo, llevó a los titulares. No aclaró qué rayos quería ser, si ruso, francés, cubano o sueco. También dijo que el actual presidente está llevando a cabo el desmantelamiento con "disimulo" y con un "maquillaje de izquierdas, para que parezca progresista". Le reprochó, en fin, que en vez de hacer una política verdaderamente socialista, que es la que gusta, por lógica, al PP, se limitara a aplicar un barniz para engañar al personal. ¿Aceptaba de este modo Rajoy que la política de izquierdas es progresista? No podemos saberlo porque es imposible penetrar en el alma de un registrador de la propiedad de fieltro.
Lo curioso es que todas estas incongruencias provocaban expresiones de satisfacción en un público que, como pueden ustedes apreciar por la foto, estaba compuesto de personas mayores, individuos -hay que suponer- con discernimiento, gente que se ganaba la vida mejor que usted y que yo, sujetos que iban y venían, que subían al autobús, que conducían sus automóviles respetando -queremos creer- los semáforos y el código de la circulación; personas, en fin, que no identificaban el progresismo con las políticas de izquierda. Para comprender en toda su magnitud el disparate, imagínense a Zapatero acusando a Rajoy de no ser un hombre de derechas de verdad, sino un farsante que daba a sus actuaciones un barniz de esa ideología para parecer un reaccionario.
Aznar, por su parte, aseguró que todo lo que dice Zapatero es "estúpido". Pero los insultos, en Aznar, suenan de otro modo debido a su superioridad intelectual. Se aprovecha, además, de que se trata de una superioridad que salta a la vista, porque se refleja en su porte y en la agudeza de su mirada, que continúa, pese a los años, sobrecogiéndonos. Eso por no hablar de su facilidad para los idiomas (aprendió tejano en dos horas) o de sus contundentes opiniones sobre la mujer, sobre los niños, sobre el terrorismo... Quien dude aún acerca de la clarividencia de este hombre no tiene más que acercarse a sus obras completas, que, aunque escritas por un negro que aportó la sintaxis, reflejan uno de los pensamientos políticos más originales (y pintorescos) de este siglo. Aznar no debería abusar de esa superioridad. Tampoco debería actuar al lado de Rajoy, pues el contraste entre la inteligencia de uno y de otro resulta excesivo.
(Artículo extraído del periódico El País en su edición del 26 de agosto de 2005)
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(Extraído de: Escolar.net)
Segunda mitad de los noventa. Pedro J. Ramírez acompaña a Julio Anguita en una visita a la redacción del diario. El director de El Mundo y el entonces líder de Izquierda Unida llegan a la zona donde trabajan los redactores de “el-mundo.es”. Pedro J. explica a Julio Anguita que han puesto en marcha una encuesta desde la web donde se pregunta a los internautas qué votarán en las próximas elecciones. Anguita se anima. “Puedo votar yo, puedo probar”, pregunta ilusionado. “Por supuesto”, responde Pedro J., y le señala el ratón del ordenador.
Anguita coge el ratón con la mano derecha, lo levanta, se lo acerca a la boca a modo de micrófono y, solemne, pronuncia en voz alta: “Voto a Izquierda Unida”.
No te rías del Julio Anguita lego en informática. No sabía menos sobre el tema que la inmensa mayoría de los políticos de entonces e intentó comunicarse con el ordenador de la manera más obvia que existe: hablando. En realidad, era un avanzado a su tiempo.
El fin del código escrito
¿Y para qué sirve el lenguaje escrito? Le damos tanta importancia a su descubrimiento que dividimos el pasado en un antes y un después, entre historia y prehistoria. No es exagerado. Es un invento maravilloso, tal vez el salto más importante que ha dado la humanidad: permite empaquetar información y transportarla en el espacio y en el tiempo. Permite congelar un mensaje, una idea, y evitar que se pudra. A la palabra escrita no se la lleva el viento.
También tiene algunas desventajas. Hace falta compartir un mismo código entre el que crea el mensaje y el que lo recibe. Requiere un aprendizaje. También exige un esfuerzo intelectual mayor del que supone la comunicación oral. Además, parte de la información se pierde en el proceso y se crean ambivalencias que el emisor no suele estar ahí para resolver.
La mayoría de las personas se expresan mejor hablando que escribiendo. Escribir bien requiere esfuerzo y ejercicio y sólo los sacerdotes de la escritura más expertos son capaces de realizar el hechizo de tal forma que el mensaje que se recibe sea lo que se pretendía transmitir. Pese a ello, nunca se consigue a la perfección, pues esa perfección sólo existiría si pudiésemos transmitir nuestros pensamientos de forma telepática.
Desde que llegó la imprenta, la palabra escrita mejoró el más importante de sus valores, el de multiplicar lo más poderoso que existe: las ideas. Lo hizo tan bien que revolucionó el mundo. Lo hizo tan bien que acabó con la tradición oral de los juglares y los trovadores, que se vieron desplazados del papel protagonista en la difusión de la cultura del mismo modo que la música grabada acabó con la mayoría de las orquestas.
Con Internet, esa capacidad para multiplicar las ideas se ha vuelto democrática y ya no está controlada por unos pocos intermediarios. Y esa vieja función que cumplían las cartas de transmitir información a través del espacio, cuyo uso estaba a punto de desaparecer por culpa del teléfono, resucitó con el correo electrónico.
La gente volvió a escribir, entre otras cosas, porque era más barato y cómodo mandar un e-mail que telefonear. El motivo económico también fue clave en el éxito de los mensajes cortos del móvil, que te ahorran una llamada. Sin embargo, puede que este renacer del código escrito sea temporal. Tal vez es sólo una cuestión de tecnología y ancho de banda.
La calculadora y las palabras
¿Cuánto es la raíz cuadrada de 1.764? Lo más probable es que sólo puedas darme la respuesta, sin usar una calculadora, si tienes 13 años y aún no has olvidado las matemáticas que aprendiste en el colegio. Mucha gente ignora incluso cómo hacer a mano operaciones más simples, como una división o una multiplicación con decimales. Para eso ya está la máquina.
El código escrito o las raíces cuadradas son un medio y no un fin. La escritura es hoy imprescindible en nuestra sociedad del mismo modo en que antes lo fueron otros conocimientos, como montar a caballo o encender fuego con palos. Pero puede que la tecnología facilite las cosas tanto que saber leer o escribir se convierta en algo puramente lúdico o en una técnica que sólo dominarán unos pocos estudiosos o especialistas.
La música es a la partitura lo mismo que la conversación a la escritura. Cuando una canción se convierte en partitura se pierde un montón de información –la interpretación– del mismo modo en que la palabra escrita condensa de forma imperfecta la miriada de matices que acompañan al habla.
Aún está por desarrollar tecnologías de reconocimiento y síntesis de voz eficaces, capaces de interpretar y ejecutar órdenes complejas y de entender distintos acentos. Pero llegarán y tal vez para entonces la voz sea al interfaz gráfico lo mismo que Windows fue al MS-DOS. Sí, habrá muchos que prefieran el viejo sistema, como hoy hay algunos que abominan del ratón y el escritorio y aseguran –con razón– que es más rápida y bella la línea de comandos. Pero la inmensa mayoría elegirá, cómo ya pasó con el ratón, la opción más sencilla.
¿Quién querrá comprimir el idioma natural del hombre –la lengua hablada–, cuando sea igual de cómodo transmitir la misma información sin pérdida en el espacio y en el tiempo? ¿Quién se molestará en aprender leer cuando el ordenador pueda leer por ti? ¿Quién tecleará cuando podamos dictar al ordenador nuestras cartas? Cuando mandar grabaciones de vídeo sea tan sencillo, rápido y barato como hoy resulta redactar correos electrónicos, ¿quién escribirá?
El encanto de la máquina de escribir
“Dónde esté mi máquina de escribir, que se quite el ordenador”. Hasta hace relativamente poco, esta frase era habitual en muchas redacciones de diarios. Todavía recuerdo el pequeño terremoto que provocó Gabo cuando reconoció, hace bastante, que él escribía sus novelas directamente en el ordenador, ¡qué herejía!
Las mismas batallas dialécticas con parecidos argumentos se han dado antes en la historia. “Donde esté mi pluma, que se quite la máquina de escribir”. Donde estén los juglares, que se quiten los libros. Ese sentimiento romántico suele desaparecer con los años, cuando las nuevas generaciones ya no sienten nostalgia por lo anterior porque no lo conocieron.
El código escrito tiene otros valores, como la representación icónica o la capacidad de clasificación que facilita el manejo de grandes cantidades de información. Pero para esta última función también estarán las máquinas, que serán capaces de ordenar el audio o el vídeo de la lengua hablada con la misma versatilidad que hoy lo hacen con el alfabeto.
Puede que dentro de unos cuantos siglos el único nicho que le quede al alfabeto sea el de su propia Némesis. El código escrito será el código máquina, el que interpretan los ordenadores, mientras los humanos volveremos a nuestro pasado, a esa extraordinaria facultad que nos distingue del resto de los seres vivos y que adquirimos de forma casi espontánea en nuestra infancia. Porque lo natural es hablar.
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Sentí la angustia de los pobres de abajo, los marinos rusos del batiscafo que no podían volver. La noto en el pecho, en la forma de respirar: la percibo ahora mismo al escribir. La paso con los voladores del Discovery. La preocupación viene de mi condición de humano, que lamenta el riesgo de otros humanos. Una sensación antigua que los nuevos moralistas -los redactores-jefe de tele, radio, periódico- me incitan a tener. Es momentánea: una brizna de tiempo que se llama actualidad. Vueltos a casa estos humanos me quedo tranquilo y puedo volver a la preocupación cotidiana: los muertos en Irak, los torturados en Egipto, los asesinados en Londres. Muchas noches de trabajo me han hecho así, y están haciendo así al público, del cual yo mismo formo parte: soy un espectador profesional. Un muerto en la esquina vale más que cien en Indonesia.
La verdad es que todos están encadenados unos a otros. Los que van a mundos donde no se respira, arriba y abajo, nos parecen maravillosos enviados nuestros hacia el descubrimiento. La verdad es que son militares que investigan la guerra futura y sus puntos de mira. Es un axioma que los descubrimientos científicos y geográficos, que el siglo pasado tuvieron su auge, son militares y ejercen como tales. La puntería de los proyectiles, la seguridad de bombardeo del avión y todo lo demás son hijos de la lucidez del XIX: y la dinamita en la mochila es algo menos perfecto, pero aún asombroso: una pequeña cantidad hace saltar por los aires un tren cargado de personas que van a su trabajo y pagan con sus impuestos a los marinos de Kamchatka, a los peatones del espacio: y a los científicos, los técnicos, los militares, los matemáticos que los hacen posibles; de cuyo trabajo salen todos los días algunos muertos, y pueden llegar a causar cientos de miles.
Ya sabemos, por lo que se informa en este aniversario, que las bombas de Hiroshima y Nagasaki han multiplicado su capacidad. Una en Nueva York, o en Londres, podía matar de un relampagazo a ocho millones de personas. Eso sí sería periodístico, si quedasen periódicos para contarlo. Ahora sólo tenemos que ocuparnos de los afganos, los armenios, los kurdos, o el gitano que entre a pedir auxilio en un cuartelillo de la Guardia Civil. Hace falta que no les fallemos.
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Una tristeza del tamaño de un pájaro.
Un aro limpio, una oquedad, un siglo.
Este pasar despacio sin sonido,
esperando el gemido de lo oscuro.
Oh tú, mármol de carne soberana.
Resplandor que traspasas los encantos,
partiendo en dos la piedra derribada.
Oh sangre, oh sangre, oh ese reloj que pulsa
los cardos cuando crecen, cuando arañan
las gargantas partidas por el beso.
Oh esa luz sin espinas que acaricia
la postrer ignorancia que es la muerte.
(Vicente Aleixandre)
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Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
(Gabriel Celaya)
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