Don Enrique
"Una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro" (J.R.R. Tolkien)
________________________________________________________________________
Ya no podré decir que todos mis muertos son de otoño: ayer la vida y la muerte se me llevaron a otro amigo del alma: Enrique Fuentes Quintana, mi queridísimo Enrique, mi admirado Profesor.
En esta larga noche del alma en la que me encuentro en este último año, la desaparición de un amigo así, de un ser imprescindible, se convierte de nuevo en un tatuaje doloroso y permanente.
Don Enrique (así le llamé siempre y él sonreía al oírlo) forma parte de mí y ha formado parte importante de mi vida. En lo profesional ha sido y será siempre un referente: leyéndole y oyéndole resultaba fácil entusiasmarse con la Economía. Para siempre quedan ya sus textos, sus libros excelentes, con ese cuidado y esmero de quien ama la palabra y el conocimiento.
En lo personal, mi Don Enrique es y será siempre un amigo inolvidable, cercano, amable, tierno e imprescindible. Sus hermosísismas cartas, que hoy vuelvo a leer entre lágrimas, forman parte de la piel de mi alma. Sus sonrisas, escasas y escogidas, se mezclan hoy con el llanto de mis ojos cansados. Su voz, ese trueno hermosísimo que nada ni nadie pudo nunca acallar, suena hoy en mi recuerdo paseando dulcemente por tantos lugares y momentos compartidos.
Nuestro será ya para siempre aquel paseo con caricias de viento en torno a la Torre de Hércules, aquella luna sitgetana de una noche de mayo, y aquellas cenas y risas compartidas con amigos ya desaparecidos en Menorca. Nuestras serán ya para siempre las charlas interminables, el dolor compartido, los sueños, los lugares comunes, la ternura, el silencio, y el cariño eterno. Nuestras serán para siempre las campañas luchadas dentro del corazón.
Al guerrero que él siempre fue le debo hoy la fortaleza que no tengo, la alegría que no sé dónde buscar, las palabras hermosas que intento escribir. Al luchador que él siempre fue le debo hoy seguir peleando por la verdad, por la coherencia, por la justicia. Al magnífico profesor que él siempre fue le debo hoy seguir creyendo en la docencia, en el amor por las obras bien hechas.
En este momento de adiós regresa al pensamiento apenado toda la vida compartida, que es mucha, y entre las lágrimas que no puedo ni quiero controlar asoma una sonrisa, la que él (lo sé) me reclama en este momento, esa sonrisa que forma parte de mí y de mi mirada, según él siempre decía.
Allá donde estés, mi queridísimo Don Enrique, te llegarán cada 13 de diciembre esas rosas rojas que año tras año te hacían decir sorprendido:¡te has acordado! ¿cómo podría olvidarme? Gracias, queridiño, por tanta vida que me has regalado.

