09 abril 2008

Despedida y cierre

Cerrado1

Hace meses seguramente que debería haber puesto estas palabras, porque de hecho este espacio lleva cerrado mucho tiempo.

Hoy he comprendido que había llegado el momento de cerrar las puertas, de poner candados a este tesoro que para mí ha sido este blog durante algunos años.

El adiós a mi madre ha cambiado muchas cosas en mí y se impone también empezar una nueva etapa, tal vez un nuevo blog.

Gracias a todos los que habéis estado ahí siempre, animándome a escribir, leyéndome, compartiendo pantalla, sensaciones, sonrisas y también muchas de mis lágrimas.

Al lado del candado os dejo la llave para que entréis cuando queráis, para que os sentéis en algún recodo del camino y descanséis, para que caminéis por mi interior, por mis palabras y por mis silencios.

Gracias ahora y siempre. Hasta ahora, hasta siempre.

       

Cerrado2                   Llave_2

05 marzo 2006

Siempre

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Antes de mí
no tengo celos.

¡Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo!

¡Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra
para comenzar la vida!

(Pablo Neruda)

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Foto aquí

18 febrero 2006

La casa de Brisa y Nube

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Hoy, hace apenas unos instantes, he recibido un hermoso regalo de alguien muy especial. Él sabe cuánto me gustan los cuentos, escribirlos y leerlos. Acaba de llegar como comentario a mi post anterior, y al verlo he creído que merecía "un primer plano". Gracias a mi querido Rythmduel por este obsequio mágico.

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La Casa de Brisa y Nube

(Un cuento de Rythmduel)

Con el paso de los años, la casa se había convertido en un territorio salvaje.

Al principio, cuando la abandonaron, todo había quedado en silencio. Estaba repleta de frío y soledad: otra de tantas cosas que el hombre usa y tira sin preocuparse.

Pero pronto algo empezó a cambiar.

La Naturaleza, primero muy poco a poco, casi de puntillas, luego ya pisando fuerte, sin disimular, fue ocupando las paredes, los suelos, los techos, los rincones húmedos y oscuros, la madera vieja de puertas y ventanas. Hongos, ratones, hormigas, carcoma, gusanos, moscas, mosquitos, cucarachas, arañas..., todos fueron llegando para quedarse. La casa se llenó de habitantes menudos e inquietos, de suaves ruidos: aquí unas patitas corriendo apresuradas, allá un roce de alas, más allá un crujido... El canto de la Naturaleza era apenas un susurro, pero tenía la fuerza de la Vida.

Brisa y Nube, dos golondrinas jóvenes, se habían jurado amor eterno. Decididas a formar una familia, estuvieron de acuerdo en construir su primer nido sobre una ventana de la vieja casa. El lugar era tranquilo, ideal para criar a sus polluelos. El campo estaba cerca, rebosando en primavera de flores e insectos. Un pequeño arroyo cruzaba el patio trasero, y silbaba alegre una canción de bienvenida.

Así pues, allí se quedaron.

Tuvieron dos polluelos: Tenue y Terral, dos bichillos siempre hambrientos e incansables que echaron a volar muy pronto. Fueron unos días agotadores para Nube y Brisa: vigilarlos y alimentarlos ocupaba todo su tiempo. Casi no podían comer, pero el esfuerzo valía la pena: sus hijos crecían sanos y felices.

Tomaron la decisión de regresar todos los años a esa casa. Y lo hicieron: volvían unas semanas antes de poner los huevos para reparar el nido, criaban a sus nuevos polluelos, y partían al llegar el Otoño hacia tierras más cálidas. A Brisa y Nube se les unieron pronto otras parejas, que se instalaron en los restantes ventanales: Centella y Soplo, su hija Tenue, que se comprometió con Rayo, Silva y Galerna, su hijo Terral y Rizos... Nuevas generaciones de golondrinas rompieron el cascarón, se alimentaron y aprendieron a volar en la seguridad de la vieja casa. El silencio de la piedra y el cemento se llenó de chillidos ansiosos, de regañinas paternas, de aleteos apresurados.

Sí, con el paso de los años, la casa se había convertido en un territorio salvaje. Y su propietario era la Vida.

Hasta que llegó Ella.

Notaron que algo extraño pasaba cuando al regresar, allá por el mes de Marzo, encontraron las ventanas de la casa abiertas de par en par. Un sonido que no era del viento, ni de las ramas de los árboles vecinos, parecía venir del interior.

Un sonido. Un rumor que estremeció sus plumas.

Allí había un humano.

Brisa y Nube habían conocido humanos en sus viajes. Sabían, por instinto y por las enseñanzas recibidas de sus padres (que a su vez, las habían recibido de sus abuelos, y éstos de sus bisabuelos, y así hasta el principio de los tiempos) que debían apartarse del camino de los humanos. Los humanos podían llegar a todas partes. Cambiaban la tierra a su gusto, o la destruían. Los humanos no eran de fiar. No respetaban nada ni a nadie. No obedecían las reglas de la Naturaleza.

Temieron por su hogar.

Se acercaron a la casa con precaución, revoloteando primero bien lejos, después un poco más cerca, hasta que pudieron distinguir con claridad su nido.

No había pasado nada. Allí estaba. Un poco estropeado por el viento y la lluvia, pero nadie lo había tocado desde el año anterior. Los otros nidos tampoco habían sufrido daño.

Dudaron entre quedarse o buscar un lugar mejor. Con un humano tan cerca, no iban a estar seguros. La casa ya estaba condenada para ellos, dijo Nube. No respondió Brisa. Hace falta algo más que una simple amenaza para que una golondrina abandone su primer nido .

Brisa siempre había sido una golondrina valiente.

Se quedaron.

Esa misma noche descubrieron que el habitante de la casa era alguien especial, aunque un poco ruidoso, como todos los humanos. Ya de madrugada, cuando las habitaciones del interior quedaron a oscuras, comprobaron asombradas que el canto de la Vida no se había apagado del todo. Además, había algo en el ambiente.

Sí, la casa se había llenado de un aroma inconfundible.

Era el perfume de los sueños.

Contaban los ancianos que hace mucho, muchísimo tiempo atrás, cuando la Tierra era diferente a como es ahora, cuando los continentes estaban unidos y el clima era distinto, las golondrinas no viajaban. No tenían necesidad. Vivían felices y despreocupadas en el País Templado, un paraíso de paz y abundancia. Pero el mundo cambió. Tembló, escupió fuego, y la tierra se rompió en mil pedazos. Se vaciaron mares y crecieron enormes cordilleras. En algunos lugares llegó el frío más terrible, otros se convirtieron en desiertos abrasadores. El País Templado desapareció. Y las golondrinas tuvieron que buscar mejores sitios para vivir. Empezaron a viajar. A migrar.

Al principio fue muy, muy duro. No estaban acostumbradas. Nunca habían tenido que ir tan lejos. Eran, además, perezosas por naturaleza, después de tanto tiempo sin esforzarse por nada. Muchas murieron por el camino (el Gran Viaje, decían los ancianos), y sólo quedaron las mas fuertes y valientes. Pero al fin encontraron nuevas tierras en las que vivir, y rutas por las que desplazarse cuando llegaba el frío. De todas formas, viajar seguía siendo cansado y penoso.

Y entonces fue cuando descubrieron los sueños.


Un día se dieron cuenta que, en las largas noches de migración, podían encontrar sueños en el cielo y dejarse llevar adormecidas por ellos sin esfuerzo, recorriendo así enormes distancias. Desde aquel momento, millones de golondrinas han descansado en pleno vuelo acompañadas por los sueños.

Los sueños de los Hombres.

Y nunca han entendido porque, siendo esos sueños tan hermosos y elevados, los humanos han sido y son tan salvajes y temibles.

Pero últimamente los sueños estaban escaseando, y los viajes volvían a ser como en un principio , cada vez más duros y penosos.

Por esa razón, para Brisa y Nube fue un regalo sorprendente encontrar la casa rebosante de anhelos y esperanzas. De repente, parecía que todo iba a ir mucho mejor.

Brisa, que siempre había sido una golondrina intrépida, empezó a volar a menudo en el interior de la casa cuando el humano salía dejando las ventanas abiertas. Nube, aterrada, se enfadaba con él. Piensa en tus hijos , le regañaba. Estás loco. Te vas a meter en un lío , repetía una y otra vez. Pero, como ya sabemos, Brisa era muy valiente. Y también muy testaruda. Así que siguió con sus "excursiones". Amaba navegar por el amplio comedor, que no tenía muchos muebles, y respirar la fragancia de los sueños que el dueño de la casa había dejado flotando. Ésta, además, estaba repleta de pequeños tesoros: mosquitos, moscas, a veces restos de comida, que llevaba gustoso al nido.

Un día, tal y como le había advertido Nube, fue sorprendido en sus correrías.

Estaba realizando una pasada de vuelo delante del espejo del salón, admirando su destreza, el muy presumido, cuando el humano entró. Brisa no le esperaba, y se asustó. Empezó a dar vueltas en la habitación como un loco, chocando con las paredes y los muebles. De pronto, enganchó una de sus alas en una esquina del armario principal. Era su fin. De fuera le llegaban los chillidos desesperados de Nube, que revoloteaba frente a la ventana. Soy un tonto pensó.

El humano se acercó. Extendió sus dos enormes brazos y, con mucho cuidado, le desenganchó el ala. Luego, sujetándolo suavemente, se acercó a la ventana y lo soltó cerca del nido, como si tuviera miedo de que se perdiese. ¡Perderse él, que atravesaba cada año continentes enteros y siempre llegaba a su destino! ¡Qué ignorancia!

Después de aquel susto, Nube estuvo varios días sin hablarle, pero se le acabó pasando el enfado. Además, las golondrinas se sentían cada vez más a gusto, más todavía que en los primeros tiempos, cuando la casa se hallaba vacía. Se acostumbraron enseguida al ritmo de vida del humano, y a la riqueza de sus sueños.

Muy pronto, Brisa se dio cuenta de una cosa: el habitante de la casa era un humano femenino. Una mujer. Sus pasos silenciosos y sus movimientos suaves, la voz musical cuando cantaba, la delicadeza de sus deseos, eran señales que le recordaban a su compañera Nube, con su frágil pero enérgico aleteo y la suavidad de su pico... ¡Ah, las hembras!

Como no sabía su nombre, Brisa decidió llamarla Ella.

Muchas veces, la mujer se asomaba a una ventana, y se quedaba mirando a las golondrinas en silencio. Éstas ya no se asustaban: Ella era una más de la colonia. A menudo, les dejaba cerca del nido insectos y restos de comida, y pequeños cuencos con agua fresca. Otras veces, parecía que les estuviera hablando o cantando. Brisa se preguntaba por qué Ella estaba tan sola. Nube le contó que a los humanos les costaba mucho emparejarse, porque eran muy complicados y egoístas. A Brisa, Ella no le parecía egoísta. Tú qué sabrás le respondió Nube, un poco molesta a causa el interés de Brisa por la humana.

¡Ah, las hembras!

Brisa empezó a acompañar a la mujer en sus salidas. Era fácil distinguirla: una enorme mata de pelo rojo como el fuego poblaba su cabeza, una señal inconfundible desde las alturas. Volaba con Ella hasta la entrada del pueblo vecino, se quedaba dando vueltas por los alrededores esperándola, y la acompañaba en su regreso. Nube les dejaba marchar: era imposible retener a Brisa. Era una golondrina muy, muy testaruda.

Brisa sabía que, en las noches de luna radiante, a Ella le encantaba salir a pasear descalza por la hierba y tumbarse boca arriba a contemplar las estrellas.

Soñaba despierta. Brisa lo sentía en sus alas, más fuerte que nunca. Era como un soplo de aire cálido que le empujaba hacia el cielo.

Formaban un extraño trío, vistos desde lejos: Ella acostada, en completo silencio, respirando lentamente y con una sonrisa en los labios; allá arriba, la luna enorme, perfecta, derramando un manto de luz lechosa y, entre ellos dos, Brisa, yendo y viniendo, yendo y viniendo, yendo y viniendo, como adormilada en una mecedora invisible...

Toda esta historia a mí me la contaron.

Yo no lo vi, aunque me hubiera gustado.

Tampoco he sabido lo que fue al cabo de los años de la mujer, de Brisa y de Nube, o del resto de golondrinas. Eso no me lo contaron.

Se dice que un día, no hace mucho, pasó cerca de aquella casa, ya medio en ruinas, un científico, un famoso naturalista. Se detuvo un rato a mirarla, y algo debió encontrar porque a la mañana siguiente regresó con una gran escalera. De una de las ventanas, el hombre bajó un pequeño tesoro, algo estropeado por el paso del tiempo: un hermoso nido de golondrina, como nunca antes se había visto, entretejido con ramitas y una tupida trama de largos cabellos, rojos como el fuego.

Yo no lo vi, pero los que pudieron contemplarlo cuentan que tenía forma de corazón.

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Fotos aquí

26 noviembre 2005

Guerreros de la luz

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A los guerreros de la luz que habitan mi corazón

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"Cuando un hombre decide hacer algo, debe ir hasta el fin, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ellas"

"Un guerrero no es una hoja a merced del viento. Nadie lo empuja, nadie lo obliga a hacer cosas en contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero está entonado para sobrevivir, y sobrevive del mejor modo posible"

"Un guerrero es alguien que busca la libertad. La tristeza no es libertad. Tenemos que quitárnosla de encima"

"A cada cosa viviente se le ha concedido el poder, si así lo desea, de buscar una apertura hacia la libertad y de pasar por ella"

"Tu vida es una rutina, es una rutina fuera de lo común y eso te da la impresión de que no es una rutina, pero yo te aseguro que lo es"

"Estaban bien situados, atareados, prolíficos y satisfechos con sus vidas. No necesitaban hallar un propósito en la vida. Creían haberlo encontrado ya"

"La libertad era todo lo que yo conocía, y eso era todo lo que yo ofrecía a quien fuera el que se acercase a mí"

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(Carlos Castaneda: "El don del águila", "Viaje a Ixtlan")

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Foto aquí

21 agosto 2005

Dame tu libertad

  Ornament

(Dame tu libertad - Pedro Salinas)

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Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios y agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmóviles
el alta mar. La turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa,
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.

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(Ilustración aquí)

16 agosto 2005

El descubrimiento del cielo

Cielo   Rainbow_5

(“El descubrimiento del cielo”Harry Mulisch)

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“ ... Se habían encontrado, ése era el momento. ¿Lo sabían los dos? Habían tendido un puente con cuatro palabras. Max sabía que Onno lo había calado como nadie hasta la fecha, y Onno, a su vez, se sentía comprendido por Max, pues su ironía agresiva no había encontrado la resistencia habitual, sino que había sido recibida con una sonrisa que tenía algo de invulnerable. Se habían reconocido ...”

“ ... La pregunta sobre lo que había entre ambos sólo se la plantearían más tarde, cuando ya no quedase nada, cuando todos aquellos días confluyeran en su memoria en un solo día enteramente inolvidable. Onno sabía que incluso los griegos, que habían sentado las bases de la cultura occidental, carecían de la palabra “cultura”. Las palabras sólo surgen cuando su referencia ha desaparecido ...”

“ ... Como todo ser, una letra tiene un cuerpo y un alma. El alma es lo que dice, y elMulisch_1  cuerpo es de lo que está hecha, de tinta o de piedra ...”

“ ... Cuando estás despierto no se puede demostrar que no estés soñando, porque a  veces, cuando sueñas, también se puede estar seguro de estar despierto y de no estar soñando. Por lo tanto, si la realidad podía ser un sueño, ¿no podía entonces un sueño hacerse realidad?”

“ ... Quizá todo el mundo tuviera una determinada función en su existencia con la que su vida adquiría sentido. Igual era algo muy insignificante, como por ejemplo ayudar a alguien sin que esta persona te lo pidiera o lo supiera. De hecho, todo el mundo debería investigar su pasado para comprobar si algo así ya había sucedido alguna vez; y si no ya sería hora de que empezara a suceder ...”

10 agosto 2005

Sé que el amor existe

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Abres los ojos. Silencias. Es la noche

complicada de estrellas y conjuras mentales.

Cierras los ojos. Sonríes. Es el canto;

El día que transcurre por los labios indecisos.

Me matas. Es la vida.

Te mueres. Es un ala.

Cualquier palabra sirve para nombrar el prodigio.

En los magnéticos campos, vas y vienes sin moverte,

vienes y vas alternante, dando así a la luz los misterios.

Abres los brazos. Me entrego.

Cierras el fruto. Lo muerdo.

Abres la música y vuelan entre palmas mis latidos.

O te cierras, y son sierpes

en la aurora inacabable de las metamorfosis.

Abres. Cierras. Apretado

el fruto es comestible, y erótico, y violento,

y horrendamente arcaico. Y sagrado, por arcaico.

Cierras. Abres. Te declaro, por alegrías variando,

con voz pública y escándalo.

Sé que nadie nos perdona. Que desafío, si canto.

Que la dicha es un pecado.

Vivir hacia delante mientras la vida crece,

no pensar que te acechan, hipnóticos, los iris

de los céntricos ojos de la muerte,

creer que por feliz, limpio, alígero, indemne,

transcurres inocente,

es ignorar que nunca se perdona al dichoso,

que amar es siempre dolo.

¡Cómo brillan en la mina los tesoros,

las áureas tormentas

contenidas en un grano de ira y oro!

¡Cómo acaban

en cabezas de muerto los espigados gozos

y las fúlgidas sumas del maquinal insomnio!

¡Cómo somos uno en otro, sin razón, corazonados!

No se debe (tiemblas, abres),

no se puede (cierras, dueles),

no se quiere luchar, sólo se quiere

conservar ese cuerpo felizmente evidente,

esos ojos, esos labios, esos brazos

secretamente envolventes,

sintiendo mansamente que allí acaba la muerte.

Puestos los guantes de llamas

se tocan limpiamente los turbios sentimientos.

Puesta en sí la mirada,

Se ve sólo el amor; La vida clara;

Otros ojos reales; un orden de distancias.

Y no se pide más.

Se piden simplemente las materiales magias.

Nada más (¿será mucho?),

nada menos que vivir lo total en el momento

como todos podemos vivir, como besamos,

como amamos y erramos luminosos,

como yo, por ti, contigo, puedo y hago,

pese al mundo que nos burla y nos desgarra,

pese a todos los que llaman cinismo a mi inocencia.

Abres los ojos. Te miro sin acabar de encontrarte.

Cierras los ojos. Te envuelvo, muriéndome por dentro.

Pones la noche. Te pienso.

Pones el día. Te espero.

Y en esta vida me cumplo, madurando con lo triste.

Y aunque todo parece mentira, yo te creo.

Sé que el amor existe.

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Gabriel Celaya (1911-1991)

(Ilustración: Kitagawa Utamaro)

08 julio 2005

Ecología Humanista y Ecología Misantrópica

Tierra

De un blog cercano, muy cercano: Trek_Log rescato una joya publicada en el día de hoy y que suscribo de principio a fin. Agradezco a Bel que me haya permitido publicar este texto aquí.

Ecología Humanista y Ecología Misantrópica

Hay términos que cuando superan su etapa de consignas insurrectas, protestantes, exfoliantes y arrabalescas para convertirse en aceptadas ideas colectivas, poco menos que en instituciones terminológicas... es que dan grima. De hecho no hay estandarte que se libre de esta degradación porque, al fin y al cabo, es característico del hombre, cuando decide afrontar un cambio necesario, no cambiar más que el nombre a sus perdurables canalladas.

    Uno de los términos de moda, de las consignas que acaba de culminar su tránsito de lo insurrecto a lo institucional, es la palabra “ecológico”. “Ecológico” vende. Vende más y más caro, y no me refiero precisamente a los productos alimenticios. Vende imagen: de modo espontáneo, uno tiende a ver con simpatía al político que cruza la ciudad en bicicleta y planta arbolitos en las esquinas de las calles... aunque, por supuesto, sólo va en bicicleta para que le hagan la foto y sólo planta arbolitos el día de la susodicha foto callejera. Y hoy en día no hay que ser de los Verdes para andar en bici plantando arbolitos: hasta el chulo más detestable del ya de por sí despreciable gremio político se declara defensor del medio ambiente y amante de la Naturaleza. Le va la imagen en ello, y ¿qué es un político sin imagen? ¿Qué es un político, sino imagen?

    Naturaleza: he aquí un término nada sencillo; un término huérfano, en el discurso ecológico general, de una definición congruente. Un término contradictorio, diría yo incluso, porque hasta el mismo concepto de “Naturaleza” es un producto cultural y sometido, por tanto, a las variaciones conceptuales que trae consigo el tiempo con sus corrientes y contracorrientes ideológicas. ¿Qué es lo natural? ¿Existe siquiera lo natural? ¿Es coherente contraponerlo a lo cultural? ¿Es siquiera lo opuesto de lo artificial? Veamos: ¿es el hombre una criatura natural? Si lo es, y si la civilización es como parece ser el desarrollo espontáneo de su ser de hombre, ¿cómo podríamos considerarla antinatural, o no natural, o artificial? ¿Es menos natural un edificio que un hormiguero o el nido de la golondrina, la carne en lata que la carne que la araña conserva en un capullo cuidadosamente tejido para la hora de su festín...?

    El activismo ecológico, en su esfuerzo por salvar la Naturaleza —sea lo que sea eso de la Naturaleza, y para muchos no es más que la difusa representación imaginativa de una escena bucólica contrapuesta a los feroces humos del asfalto—, parece demonizar la civilización humana... que sigue siendo Naturaleza, aunque de otro orden. Pero sólo parece que lo haga: en realidad, la Naturaleza que pretende es una Naturaleza a la medida del hombre, una Naturaleza que dé belleza y respiro al hombre, con todas las especies de hoy, y las de ayer incluso, conservadas como en un gran museo viviente terráqueo. Una gran colección de seres vivos cuya contemplación nos ayude a expiar nuestra culpa de insaciables depredadores, extasiándanos cada vez que a un pobre bicho casi extinto (decorativos linces antes que irritantes moscardones) lo obligamos a renacer en cautividad en un mundo detestable hecho a la medida de nuestras manías y caprichos.

    Es un hermoso sueño. En lo que a mí respecta, me encantaría ver cambiada esa cosa patética de Port Aventura, cerca de aquí, por el Parque Jurásico y despertarme un día de madrugada para ver a un Tiranosaurio Rex huido bebiéndoseme el agua de la piscina. Es un hermoso sueño... para los optimistas del humanismo, los que creen que el ser humano merece el paraíso en la Tierra.

    Hay otro modo, y no menos ecológico, de pensar. Ya lo sugería Lovelock en su Gaia, A New Look at the Life on Earth: la aniquilación del virus más pernicioso que haya sufrido Gaia: el ser humano. En la economía del universo, la destrucción del ecosistema humano no sería más que el paso de un dios galáctico pisando el hormiguero terrícola. La vida de Gaia quedaría latente unos siglos acaso, sumida en un sueño reparador, mientras la Naturaleza universal seguía su curso evolutivo impertérrita, intocada, impoluta y regia. Con el tiempo Gaia despertaría nuevamente, curada de su cáncer humano, dispuesta a una nueva y bella creación. .

    Es una pesadilla, cierto... pero sólo para el hombre, que es la pesadilla de todo lo demás.

22 marzo 2005

Una flecha rota

Ernest       Firmaernest

Dedicado a Roberto Zucco porque él, aunque no lo sepa, me animó a escribir este post.

Aquel 22 de noviembre desperté, como tantos otros amigos, con la llamada fatídica que anunciaba la muerte de Ernest Lluch. Toda muerte inesperada nos parece absurda pero algunas (aunque anunciadas como la de Ernest) nos parecen imposibles por la incomprensible violencia que las envuelve.

Unos días antes de su muerte, después de un largo café compartido, caminábamos juntos riendo mientras contemplábamos el anuncio de unas conferencias sobre ética. Recuerdo todavía ahora cómo comentamos la ironía que suponía que uno de los conferenciantes (viejo conocido de los dos) se atreviera a hablar sobre ética. Así era Ernest: crítico, inteligente, con un sentido del humor increíble, siempre cercano, incluso en la época en la que fue Ministro de Sanidad y el trabajo y los compromisos le envolvían sin remedio. Lector incansable, culto, siempre era un placer escuchar sus comentarios sobre cualquier tema.

Muchos fueron los artículos que se escribieron sobre Ernest en aquellos días, pero a mí me gustaría rescatar hoy de las Flechas de otro carcaj uno en especial, escrito por una amiga común, compañera nuestra en las tareas universitarias. Es un artículo publicado en el periódico ABC, un periódico muy lejano en ideología a la nuestra. Recuerdo que su autora, mi amiga Amelia, me comentó entonces que dudó en un primer momento pero luego se dio a sí misma una razón que le pareció incontestable: Ernest también lo habría hecho. Creo que tenía razón: aquel no era un día para pensar en ideologías sino en personas, y la excelente persona que era Ernest merecía cualquier homenaje.

Hasta la victoria siempre, Ernest querido.

EL ÚNICO CAMINO

A la pregunta que a todos nos han hecho alguna vez sobre qué o quién nos gustaría ser de mayores, yo recuerdo que siempre me resultaba difícil dar una respuesta, decidirme por una u otra profesión. Un  buen día, sin embargo, casi sin darme cuenta, me encontré sabiendo que quería dedicarme a la docencia universitaria, que eso, sin ningún género de dudas, era lo que verdaderamente daba sentido a mi vida. De eso hace más de veinte años y todavía no me he arrepentido, no lo había hecho hasta el día de ayer y ahora estoy completamente segura de que no lo haré jamás. Haber entrado a formar parte de la vida universitaria de mi casa, de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Barcelona, me permitió conocer hace ya muchos años a un ser sobre el que jamás pensé que tendría que escribir unas líneas, nunca creí que la vida me hiciera ese amargo regalo. Como tantos otros, conocí a Ernest Lluch y, por tanto, quise y quiero a ese personaje que se apoderaba de tus sentimientos, que te hacía sentir la vida universitaria hasta la médula, que te hacía comprender por qué uno ama a la Universidad y el sentido que tiene dedicarse a ella.

         Cuando alguien me pregunte cómo debe ser un profesor universitario no dudaré jamás en la respuesta: contestaré que un profesor universitario debe ser como Ernest Lluch. Él poseía cultura a raudales y la transmitía con esa sencillez que sólo son capaces de mostrar los seres generosos e inteligentes; luchaba siempre con las mejores armas escogiendo con extremo cuidado su campo de batalla, enfrentando al adversario desde la verdad, la prudencia, desde esa valentía que sólo poseen los seres que creen en la libertad por encima de cualquier cosa, desde la entrega y la devoción que convierten a una causa en verdadera. Estoy segura de que incluso ahora, después de saber a ciencia cierta, en carne propia, que sus asesinos no han utilizado las mismas armas, que era una batalla desigual e injusta, Ernest estaría defendiendo el mismo camino, el único camino: una batalla limpia, un camino que conduzca hacia un final en el que haya un lugar para todos, sin necesidad de derribar a nada ni a nadie para alcanzarlo.

         Pocos profesores universitarios consiguen lo que él consiguió: entusiasmar a los jóvenes, ganarse el respeto, la admiración y el cariño de sus alumnos, y hacerlo desde el rigor académico, desde esa exigencia extrema que aplicaba a los demás y a sí mismo. Sin duda, el mejor tributo que todos los integrantes de la comunidad universitaria podemos rendirle es el de haber desbordado el Aula Magna de nuestra Facultad para hablar de él, para guardar silencio por él, para llorar por él, para decirle que estará siempre en nuestros corazones. Ninguno de nosotros quiere acostumbrarse a su ausencia porque hacerlo sería una forma de olvido y no queremos olvidar: queremos aprender como él siempre lo hacía de todas las circunstancias, incluso de las más dolorosas, de las más adversas. Estoy absolutamente convencida de que a Ernest le hubiera gustado leer lo que algunos alumnos de nuestra casa han escrito hoy sobre él: “Hemos perdido a Ernest Lluch, pero nunca perderemos su fuerza, sus inquietudes de aprender e investigar, ni su capacidad de dialogar. Nosotros, los estudiantes, nos encargaremos de ser su legado y los continuadores de su trabajo”. Difícilmente se pueden obtener palabras más entrañables, más sentidas, más gratificantes para un profesor universitario. Difícilmente también se puede encontrar a un ser más merecedor de ellas que el profesor Ernest Lluch.

         Mientras todos estábamos a las puertas de nuestra Facultad guardando un minuto de silencio por su muerte, parecía como si el mundo entero se hubiera detenido, era un verdadero tiempo de silencio. Sólo se oía el aleteo de una paloma que volaba en círculos sobre nosotros y que finalmente desapareció en el cielo. Hoy, después de largas horas de un cielo casi galaico, las nubes y la lluvia han desaparecido para que la ciudad entera pueda salir a la calle por y para Ernest. Ojalá que ese final luminoso que él tanto soñó esté algo más cerca, ojalá no estemos de nuevo ante un dolor inútil, ojalá esta sociedad nuestra se haga merecedora de su respeto, de su lucha sin límites, de su valentía.

(Amelia Díaz Álvarez)

(ABC – 26/11/2000)

(Imágenes extraídas de la página web de la Fundació Ernest Lluch)

28 enero 2005

En el año 23 de nuestra era

Con independencia del día y año en que nacemos, nuestra existencia verdadera en ocasiones comienza mucho tiempo después. La mía comenzó un mes de enero de hace veintitrés años, cuando conocí al ser que muchos años después me escribió la siguiente dedicatoria en una de sus más hermosas obras: "A Iris, la Dama del Arco, que con la sarta de los días tensó el Arco del Tiempo y con su flecha en flor traza días de arco iris".

Hoy, en el año 23 de nuestra era (gracias, mi amado Caballero de la Sombra) recupero, para mis Flechas de otro carcaj, un fragmento de su obra: La Dama de los Mares del Sur

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-¿Por qué buscas a la Orden del Primer Anillo?

-Porque estoy enferma.

-¿Enferma? ¿Cuál es tu enfermedad?

Y había un brillo extraño en los ojos de la mujer que preguntaba con un tono entre la dulzura y la ironía y con el acento de los cortesanos de la Capital. La otra, más joven, de tez ligeramente más obscura y cabello claro, de acento más áspero y el lenguaje propio de las Casas nobles del Sur, sentía en ese brillo algo íntimamente familiar. Por eso no tenía miedo.

-La de la Tierra; el cansancio, la vejez, el dolor de una llaga profunda.

-Eres demasiado joven para quejarte de esa enfermedad.

-¿Mides la edad de los seres por el tiempo que han pasado presos de un cuerpo en la Tierra? Entonces no puedes ser aquella a quien busco.Elbosco_1

La Dama de la Capital sonrió suavemente ante la agresión de la muchacha del Sur; su boca se curvó apenas, como la línea del mar en un horizonte entre dos olas de dulzura azur y de misteriosa potencia. Cerró sus ojos grandes y pareció observar con una luz secreta y aun mayor. Fuera de la tienda, un viento ululaba entre los montes llamando a los espíritus del Invierno, el Frío austero, la mística Nieve, la Escasez, el entrañable Recogimiento, y extendía el reino de la Noche a través de las Horas. Dentro, un candelabro a la derecha de la mujer iluminaba la mitad de su rostro, como una luna entre las sombras de la atmósfera y de su cabello.

-Mira -exclamó la muchacha apenas capaz de soportar el silencio y la sólida calma que parecían estar descendiendo al interior de la tienda, incapaz de quedarse sola en aquel silencio-, ¿conoces estas armas?

La mujer observó el anillo que la muchacha le mostraba alargando hacia ella el brazo derecho y destacando el anular de su mano.

-¿El Leviatán bajo las Dos Lunas? ¿Quién no reconocería las armas del Señor de Aläsäar, Guardián de la Marca del Mar?

-Yo soy Al...

-Tú eres Yamina -le interrumpió bruscamente la Dama-. No tienes otro nombre. No tienes pasado. Seamos o no aquellos a quienes buscas ya no puedes abandonarnos. Para tu bien o para tu mal nos has encontrado y eres nuestra, prisionera o compañera de armas... eso te tocará descubrirlo a ti. Pero mira, mujer, no hay sitio entre estos montes para la enfermedad de que hablas. Estas montañas matan a los débiles; la Altura no soporta la flaqueza; las cumbres despeñan a los cansados. La Tierra sufre, es cierto, pero de dolor de parto. Y mira también, no hay sitio entre nosotros para el sentimiento que te espolea.

-Me espolean muchos -repuso la muchacha con aspereza.

-No, te espolea un solo sentimiento que vela las emociones verdaderas de tu alma; cuando has necesitado fuerzas las has sacado de él, cuando has debido resistir más allá de lo que te creíste nunca capaz, has apelado a él: mujer, no hay lugar aquí para el odio a tus enemigos.

Una sombra de dolor profundo obscureció el rostro de Yamina y pareció estremecerse en él el fulgor de las velas. ¿No había sitio aquí para el odio a sus enemigos, los enemigos del Viejo Imperio, los asesinos de su padre? Y la imagen del cuerpo desollado del Señor de Aläsäar, descarnada y terrible, le fue mostrada por la despiadada Memoria; y el Recuerdo, aterrorizado de sí, veloz huyó a ocultas profundidades.

-Mis enemigos son los asesinos de todo aquello que amé -dijo Yamina ahora con serena tristeza-: un padre dulce, sabio y valeroso, una patria bañada por las aguas de la Fortuna, un imperio iluminado por un Sol de la Verdad. Y hay quien dice que son también los asesinos de ese Sol, del rey.

-¿Llamarías tú asesina del Sol a la Noche? ¿La odiarías porque apaga los soles? Pero mira, en ella habita también un Sol secreto; en ella prepara el Sol auroras inconcebibles. Y ahora déjame, Yamina. Medita en todo esto. Tu prueba está cerca, una prueba como todavía no has conocido; una prueba a cuya derecha se sienta el Terror, a cuya izquierda acecha la Muerte y para la cual la Vida es apenas el resplandor de una gota del Mar bajo la luna en un inalcanzable horizonte. Vete ya.

La muchacha se arrodilló ante la mujer e inclinó su cabeza; la mujer le respondió levemente con un dulce gesto de sus ojos. Yamina caminó hacia atrás, se detuvo un instante en el umbral de la tienda y trató de colmar sus ojos, sus pulmones, su corazón de aquella luz, de aquella atmósfera. Una última vez.

Y dijo:

-Mi alma, es mi alma quien me dice que tú eres Libna.

La mujer no respondió.

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(Bel Atreides: La Dama de los Mares del Sur)