09 abril 2008

Despedida y cierre

Cerrado1

Hace meses seguramente que debería haber puesto estas palabras, porque de hecho este espacio lleva cerrado mucho tiempo.

Hoy he comprendido que había llegado el momento de cerrar las puertas, de poner candados a este tesoro que para mí ha sido este blog durante algunos años.

El adiós a mi madre ha cambiado muchas cosas en mí y se impone también empezar una nueva etapa, tal vez un nuevo blog.

Gracias a todos los que habéis estado ahí siempre, animándome a escribir, leyéndome, compartiendo pantalla, sensaciones, sonrisas y también muchas de mis lágrimas.

Al lado del candado os dejo la llave para que entréis cuando queráis, para que os sentéis en algún recodo del camino y descanséis, para que caminéis por mi interior, por mis palabras y por mis silencios.

Gracias ahora y siempre. Hasta ahora, hasta siempre.

       

Cerrado2                   Llave_2

15 enero 2006

Ausencia

Ausencia

Sobre el horizonte divisé el águila.

Sobre el tiempo adiviné la luz.

Sobre tus ojos imaginé mi ausencia.

Sobre mi ausencia me sorprendió la nostalgia.

Bajo el vacío divisé la noche roja.

Bajo la noche adiviné el silencio.

Bajo tus labios imaginé ternura.

Bajo la ternura me sorprendió la ausencia.

Laberintos de abrazos, besos de silencio.

Vacío de sueños, abismos de ausencia.

Rayos de ternura, nostalgias eternas.

Auroras en fuga, se detiene el tiempo.

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Foto aquí

Escuchando  a Vangelis: "Love Theme from Blade Runner"

(Para escucharlo, pinchad en: Download love_theme.wma )

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11 septiembre 2005

La fuerza invisible

Una

Mañana, 12 de septiembre, hará exactamente un año que colgué mi primer post, que abrí mi primer blog. Creo que una buena forma de celebrar este aniversario es reflejar aquí palabras de otros llenas de esa fuerza invisible que a veces es la voluntad. Hace unos días, mi querida Grial preguntaba en su blog qué era para cada uno de nosotros la libertad. Yo le respondí que si tuviera que identificar la libertad con algo lo haría sin duda con la voluntad de lucha.

Os dejo aquí tres ejemplos de esa fuerza invisible ...

" Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella”

(Hermann Hesse: Demian)

“La voluntad es lo que puede darte el triunfo cuando tus pensamientos te dicen que estás derrotado. La voluntad es lo que te hace invulnerable...”

(Carlos Castaneda: Una realidad aparte)

“Hay cosas que tienes que vivirlas, si quieres conocer su significado”

(Maggi Liddchi-Grassi: La Batalla del Kurushetra)

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(Foto aquí)

15 julio 2005

Distancia

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Quise detener el tiempo en el umbral de la aurora de tus ojos

Quise encarcelar mis sueños en la lejana noche de tu pensamiento

Quise recorrer contigo el eterno crepúsculo de tus labios en fuga.

Y amanecieron tus ojos sin recorrer apenas la línea de mi horizonte

Y anocheció en tu mente sin que mi dolor pudiera cobijarse en ella

Y huyeron tus labios hacia auroras lejanas sin apenas rozar mi sombra.

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27 junio 2005

Sueños

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Se abren mis ojos a la noche y contemplan las estrellas, observan los caminos que recorren, las sendas que forman, su horizonte de luz, sus constelaciones, y sé que has llegado a la playa desierta de mi sueño.

Recorro tus acantilados, tus mares, tus ríos, sus meandros, me detengo en tu orilla y contemplo el suave murmullo de tus aguas. Navego por ellas, sumerjo mi mano y acaricio su espuma, me detengo y sabes que he llegado al umbral de tu sonrisa.

Camino en silencio por tus sueños, contemplo tu rostro, sonrío, pienso, siento y extiendo sobre tus ojos cerrados una cortina de besos serenos, profundos, tiernos y sé que mi piel se ha vestido de noche para compartir tu aurora.

Abro la ventana de mi pecho al cálido aire de tus labios, derribas suave la muralla de mi ausencia, huellas del paso de tu ternura cubren ahora mi cuerpo, te miro, sonríes y sabes que hemos cruzado juntos el horizonte del tiempo.

Recorro tus nubes, tus lágrimas, tus tormentas, tus rayos, me detengo en el sol y comparto su espera anhelante del ocaso. Me acerco a tu crepúsculo, me envuelve su oscuro manto, acaricio la sombra de la luna, y sabes que una lluvia de amaneceres inunda la noche.

Camino sin prisas por tu sonrisa, tus ojos recorren mi cuerpo, te detienes, me detengo. Nuestro abrazo se pierde en un pliegue del tiempo.

07 mayo 2005

Desde el interior

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Desde la oscuridad habló la estrella

y su luz iluminó el horizonte.

Desde la lejanía rugió el tiempo

y su voz de trueno rasgó la oscuridad.

Desde la profundidad clamó el llanto

y sus lágrimas de hielo traspasaron la noche.

De la negra noche nació un rayo de plata

y su flecha de luz atravesó mi frente.

De la profunda niebla llovió arena dorada

y sus ardientes gotas quemaron el mar.

Desde el adiós

la distancia se hizo beso.

Desde la quietud

el fuego de la nostalgia quiso arrasar mis ojos.

Desde la fuerza

las lágrimas de la noche cubrieron mi cuerpo.

Desde la ausencia

la palabra se transformó en silencio.

Desde más allá de la unión

tus labios fueron grial y mi cuerpo jardín sediento.

Desde más allá del amor

tu cuerpo fue agua de oro y mis labios polvo de incienso.

En las inmensas alas del murciélago de la noche

se quedó prendido un beso de adiós.

Cuando los rosados dedos de la aurora acariciaron mis ojos

la ausencia de tu cuerpo se fundió en un abrazo.

En la clepsidra de mis ojos

el tiempo derramó sus lágrimas.

Mi sonrisa quiso ser espada de luz

y atravesar tu silencio.

23 abril 2005

Si pudieras

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Si pudieras velar mis sueños

huiría el pájaro de la noche.

Si pudieras habitar mi alma

huiría el rayo del dolor.

Si pudieras recorrer mis ojos

huirían mis lágrimas de hielo.

Si pudieras abrazar mi abrazo

huiría la nube de la distancia.

Si pudieras acariciar mi rostro

huirían las huellas del tiempo.

Si pudieras alcanzar mi horizonte

regresaría la aurora de mi sonrisa.

09 abril 2005

Búsqueda

  Busqueda

No trates de hallar el camino

donde la Luz no es sendero.

No trates de perder tus ojos

donde el Mar es ciego.

No trates de buscar la Fuerza

donde el Tiempo ha muerto.

No trates de encontrar el Fuego

donde el Agua es hielo.

Rescata el brillo de estrellas

de tu ansia de infinito.

Recobra la tierna ilusión

de un horizonte de sueños.

Recupera el cálido aliento

de un crepúsculo en fuga.

Entrega a la Noche tu dulce plegaria.

Una aurora de soles velará tus sueños.

29 marzo 2005

Sombra de luz

(Dedicado a Judith -Mixina- en su camino hacia la luz)

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Sombra Estaba sentado en un banco del parque y sentía que el sol quemaba su nuca despiadadamente. Le costaba muchísimo abrir los ojos pero la sensación de que alguien le observaba de forma insistente hizo que se incorporara violentamente incluso a su pesar y se oyó decir, sin saber a quién iba dirigida su pregunta:

-¿Quién eres tú?

Y sorprendentemente surgió de inmediato una respuesta, antes incluso de poder averiguar de dónde provenía.

-No soy más que tu sombra.

Ahora sí que abrió los ojos completamente y vio que en efecto allí estaba su sombra. Sin saber por qué se sintió molesto por lo absurdo de la situación.

-¿Por qué me mirabas de ese modo? –preguntó sintiéndose cada vez más agresivo.

La voz de sombra volvió a oírse y con un tono ligeramente burlón respondió:

-No sé de qué modo de mirar hablas. Me limitaba a observarte.

-Y ¿qué veías?- preguntó casi intrigado.

-Veía a un hombre irritado e inquieto que entraba y salía de ti –respondió con un tono casi triste.

-Eso es absurdo –dijo el hombre-, y levantándose del banco comenzó a caminar apresuradamente.

-No me que queda más remedio que seguirte- dijo la voz de sombra.

Llegaron finalmente a una casa y entraron ella. El hombre encendió una lámpara y se dejó caer pesadamente en un sofá. Se sentía cada vez más desasosegado.

-¿Qué me ocurre? –se preguntó a sí mismo en voz alta.

-Nada que no pueda resolver tu parte luminosa –respondió la sombra.

-¿Qué sabrás tú de partes luminosas, maldita sombra? –dijo el hombre, furioso, al tiempo que lanzaba un objeto contra la sombra.

Se oyó entonces una risa profunda y oscura que decía: No intentes hacerme daño de esa forma. Aún no has comprendido que no existe ningún modo de herirme. En cuanto a saber o no de partes luminosas, ¿quién mejor que una sombra puede hablar de la luz?

-¿Eres de verdad mi sombra? –preguntó el hombre algo asustado.

-Soy tu sombra, soy tú mismo y existo contigo, e incluso a pesar tuyo.

-Si de verdad eres mi sombra, te tengo en mi poder. Puedo hacerte desaparecer cuando quiera.

-Estás equivocado nuevamente. Nos has visto ni comprendido nada de lo que he dicho. Soy tu sombra efectivamente pero no puedes hacerme desaparecer. Todo lo que puedes conseguir es sólo dejar de verme pero yo sigo existiendo.

-¿Qué tienes tú que ver con la luz y por qué has hablado de mi parte luminosa?

-Para entenderlo bastaría con que abrieras tus ojos y fueras además capaz de ver. Pero voy a explicártelo a pesar de todo. Verás, la sombra sólo puede verse cuando hay luz. Luz y sombra son la misma cosa, de la misma forma que tú eres al mismo tiempo tu parte oscura y tu parte luminosa.

-¿De cuál de ellas eres tú la sombra?

-De ambas, aunque sólo aparezco con la luz. En cierto modo, yo soy como tu parte luminosa, esa que ya empieza a apoderarse de ti nuevamente.

-¿Cómo sabes eso?

-Porque has dado el primer paso, te has interesado por ella, o lo que es lo mismo, la has llamado aunque con voz trémula. Y ella ha acudido, es fácil para ella acudir, siempre está al acecho.

-¿En qué te pareces tú a mi parte luminosa?

-En que no puedes destruirnos ni a ella ni a mí.

El rostro del hombre se transformó en unos instantes en una expresión dura, y su boca dijo: -Puedo destruiros a ambas. Me basta con destruirme a mí mismo.

-¡Pobre estúpido! Te equivocas nuevamente. Sólo de tu parte oscura pueden haber salido esas palabras. Abre los ojos de nuevo y escucha no con tus orejas sino con tus oídos y cuando hables hazlo no con tu voz sino con tu garganta. Deja que sea tu interior el que actúe y libérate de ese absurdo disfraz de hombre pensante. Te mostraré por qué no puedes destruirme aunque en cierto modo dependa de ti.

El hombre, irritado hasta el límite, acercó su mano al interruptor de la lámpara y amenazó diciendo:

-Voy a apagar la luz y así por lo menos conseguiré que desaparezcas.

-Hazlo si eso es lo que desea tu parte oscura. No podrías escoger un mejor ejemplo para lo que quiero mostrarte. Apaga ya y hasta pronto –rió la sombra.

No podía más. Estaba tan molesto como intrigado. Apartó la mano del interruptor y dijo:

-Tú ganas, maldita sea. Habla ya y tal vez así pueda salir de esto. No te interrumpiré hasta que acabes.

-Está bien, enfoca tus ojos y abre bien tus oídos. Yo, tu sombra, voy a hablarte desde la luz, porque, como ya te he dicho, ambas somos lo mismo. Si tú hubieras accionado el interruptor hace un instante, habrías obedecido a tu lado oscuro y habrías hecho desaparecer la luz de tu interior y también la de este cuarto. Con ello hubieras hecho desaparecer por unos instantes tu lado luminoso y también a mí, tu sombra. Pero eso no significa que nos hubieras destruido, nosotras seguiríamos aquí, acechando, esperando el momento justo para volver a la luz. En el mismo instante en que el poder moviera tu mano hacia el interruptor nuevamente, volveríamos a aparecer. Por esa razón te decía que en cierto modo dependo de ti.

Abrazo Pero también he dicho, lo sé, que no puedes destruirme ni siquiera destruyéndote a ti mismo. Verás, el poder de tu disfraz de hombre pensante es muy limitado. El máximo que puede alcanzar ese poder es el de quitarte la vida, es decir hacer jirones tu disfraz. Sin embrago, fíjate, aunque ahora mismo tú murieras, yo seguiría existiendo. Sería, eso sí, la sombra de un muerto, pero también los muertos tienen sombras, hasta sus tumbas la tienen. Y respecto a tu parte luminosa, todavía tiene menos poder sobre ella tu disfraz de hombre irritado y pensante. Tú puedes accionar todos los interruptores del mundo pero no puedes apagar el poder de la Luz, de la misma forma que tampoco puedes destruir completamente tu parte oscura, porque mientras exista luz existirá oscuridad. Todo lo que puedes hacer es caminar impecablemente por el camino que el poder ha escogido para ti. Y ese es el camino de la luz. Por eso te está hablando tu sombra.

No temas nada mientras yo esté a tu lado, pero eso sí ¡teme por tu parte luminosa si algún día el poder te aparta de mí! Hay muchos humanos que no tienen sombra y por tanto no tienen luz. Y lo peor es que, como tú antes, creen que esa mancha oscura que imita a la perfección sus gestos es su sombra, y, como tú antes, creen que tienen poder sobre ella. Ya es suficiente, acabo de ver una estrella de luz reflejada en tus ojos y es hora de que el sueño descanse en ellos. Será mejor que apagues la luz.

-Está bien –dijo el hombre-, pero por favor no te vayas.

-Duerme –dijo la sombra-. Estaré aquí a tu lado hasta que el poder lo desee.

25 marzo 2005

El infierno es el otro

Infierno

Despertó con gran agitación, presa de un pánico que obligaba a su corazón a palpitar de forma incontrolada, luchaba con fuerza por abrir los ojos pero éstos se le resistían cada vez más. Por fin consiguió separar sus párpados y todavía con aquel loco palpitar se dio cuenta de qué era exactamente lo que le había asustado de aquel modo.

         Poco a poco fue situándose en la realidad: nadie estaba taladrando la cabecera de su cama. Aquel ruido infernal procedía efectivamente de una taladradora pero no estaba allí, dentro de su habitación, sino en la calle, y aquellas sombras que pasaban sin detenerse por el techo de su cuarto no eran más que las sombras de los coches que cruzaban veloces por la calle y se filtraban a través de las rendijas de su persiana, cerrada únicamente hasta la mitad. Parecía que por el momento podía estar tranquilo: aún estaba a salvo.

         Se acercó a la ventana y cerró completamente la persiana; sería mejor evitar sobresaltos como aquél, y creyó que la oscuridad iba a ser su mejor aliada para lograrlo. Comprobó muy cuidadosamente, uno por uno, que todos los cerrojos estuvieran bien seguros y que no se filtrara ni un solo rayo de luz por ninguna rendija. Acabado su ritual fue hacia la cocina y enchufó la cafetera. Después se dirigió hacia el baño y encendió la luz, se metió debajo de la ducha sin cerrar la mampara: quería dominar ampliamente con la vista el espacio que le rodeaba; podían atacarle por la espalda en cualquier momento. Se entretuvo mirando su cuerpo con mucho detenimiento, había adelgazado y tendría que reforzar en los próximos días aquella débil musculatura, quizás le hiciera falta luchar en cualquier ocasión.

         Aquella espera sin límites había debilitado de una forma que le aterraba su cerebro y estaba teniendo consecuencias imprevisibles sobre su carácter. Podía estar varias horas contemplando su propia mano, le asombraba aquella extraña forma que tenían las líneas de su mano izquierda: la línea de la vida, confusa en toda su extensión, plagada de pequeñas estrellas que auguraban incidentes sin importancia pero siempre algo problemáticos. Descendía lentamente por el surco tortuoso de la vida y a la altura de la base del pulgar se encontraba con una discontinuidad. Aquel pequeño camino parecía terminar allí o, como mínimo, interrumpirse. Lo cruzaba con violencia, atravesándolo totalmente, otro surco muy pequeño que en uno de sus extremos aspiraba a ser continuación de la línea interrumpida, pero no llegaba a conseguirlo. Todo lo que hacía era segar violentamente la línea principal.

         Siguió descendiendo por aquel espacio inmenso que en ese momento le parecía su mano y llegó hasta la muñeca, donde una sola arruga profunda, muy profunda, cruzaba de lado a lado la parte interior de la articulación. Parecía como si la profundidad de aquella línea bastara para unir la mano y el brazo. Recordó entonces haber leído o quizás oído alguna vez que cada uno de aquellos anillos que rodeaban la parte interior de la muñeca representan treinta años de vida y esos eran precisamente los que había vivido hasta ese momento.

         Apartó bruscamente la mirada de la mano y concentró su atención en la resolución de aquel enorme problema que le agobiaba desde hacía tanto tiempo; no estaba en absoluto dispuesto a dejarse vencer. No importaba que aquello estuviera destruyendo todo lo que le rodeaba e incluso su propio interior: él iba a luchar, como lo había hecho dos días antes cuando le expulsaron de su trabajo.

         Se encontraba como todos los días delante de aquel pequeño ordenador que cada mañana de ocho a tres le escupía números y nombres, los cuales él debía cotejar con los escritos en folios interminables. Estaba abstraído contemplando cómo poco a poco en la pantalla se iban formando letras, palabras, nombres, cuando de pronto le pareció ver un rostro reflejado en el cristal de la pantalla y pensó que había llegado la hora, por fin se iba a acabar aquella horrible persecución de la que estaba siendo objeto desde hacía casi un mes, y por fin iba a ver también el rostro de su perseguidor. Durante unos instantes quiso ver más de aquella cara, con ánimo de analizarla y destruirla para siempre. Se acercó con lentitud a la máquina y la concavidad de la pantalla le devolvió la imagen de un rostro cada vez más deforme a medida que se iba acercando. Aterrorizado ante aquel reflejo se giró con violencia, con rabia apenas contenida, buscando la deformidad en el otro que parecía haber sido muy rápido en su huida, y entonces comenzó una búsqueda frenética. Poseído por una furia incontenible volvió prácticamente del revés el edificio, entrando en todos los despachos, buscando en todos los armarios y destrozando a su paso gran parte del trabajo de sus compañeros.

         Terminada aquella búsqueda estéril no fue capaz de explicar con toda la claridad que se le exigía el porqué de aquello que a todas luces parecía una locura. El resultado fue que perdió definitivamente aquel trabajo que nunca había amado lo suficiente. Lo consideró tan sólo como algo que no tardaría en poder subsanarse.

         Lo que sin embargo no le parecía en absoluto fácil de subsanar era la pérdida de Ariadna. Ella se había ido dos días antes llevándose consigo una parte insustituible de su felicidad. Ariadna no había podido resistir aquella vida a tres que se le ofrecía desde que apareciera el perseguidor. Simplemente se había hastiado de compartir besos y caricias con aquel tercero invisible al que llegó a odiar. Más de una vez, mientras sus cuerpos se unían, había aparecido entre ellos la sombra invisible que llegaba a separarles definitivamente. Sus charlas, que en otro tiempo habían sido parte fundamental en la vida de los dos, tenían ahora un solo protagonista indestructible.

         A él trató de ayudarlo amándole con tanta intensidad que incluso llegó a caer en la protección, pero finalmente se cansó de tener que extender sus alas para cobijarle y emprendió viaje desde la oscuridad que suponía su vida en común en aquellos momentos hacia otra luz.

         Con una enorme sensación de vacío –que el recuerdo de la pérdida de Ariadna provocaba siempre en su interior- decidió salir de aquella casa que también a él le agobiaba.

         Al llegar al portal echó una ojeada antes de salir a la calle por si alguien estaba esperándole en el exterior. Asomó la cabeza con cuidado mirando hacia uno y otro lado y no vio más que una urraca cruzar el aire veloz. Salió atemorizado, con un oscuro presagio que el pájaro le había dejado al pasar. Cuando una urraca cruza el cielo de oeste a este -pensó- la desgracia está al acecho.

         Siguió su camino preocupado, obsesionado y sin dejar de volver cada seis pasos la vista atrás para comprobar que nadie le seguía. Llegó hasta una calle ancha que normalmente procuraba evitar por no poder dominarla en su totalidad, pero que hoy necesitaba cruzar sin remedio para llegar a su destino: la biblioteca pública. Este lugar se había convertido en los últimos días en su refugio, allí pasaba la mayor parte de su tiempo en una pequeña sala desde la cual podía controlar totalmente las entradas y las salidas de cualquier visitante. Permanecía allí durante largas horas contemplando todo lo que le rodeaba y abstrayéndose con cualquier pequeña cosa que llamase su atención. Llegó a familiarizarse de tal modo con aquel lugar y con todo lo que contenía, que era capaz de advertir cualquier cambio que se produjera en la colocación de los libros. Para poder estar en paz necesitaba que todo se mantuviera dentro de un orden establecido. Nada más llegar se ocupaba de que las enormes filas de libros guardaran una línea recta, que ninguno sobresaliera, y que la lámpara situada encima de la mesa estuviera en el justo lugar para no impedirle la plena visibilidad. Cada día ocupaba prácticamente una hora de su tiempo en ordenar cuidadosamente lo que durante horas iba a constituir su refugio. Después se levantaba lentamente e iba siempre hacia la estantería al lado de la puerta, miraba detenidamente los libros de la segunda fila y cogía uno, siempre el mismo: El Ser y la Nada, de Sartre; llegó casi a aprenderlo de memoria, lo leía atropelladamente, sin concentración, levantando la cabeza cada cinco líneas para mirar hacia la puerta.

         Había conseguido estar siempre solo en aquella pequeña sala a fuerza de no permitir que nadie pudiera trabajar en paz allí: cada vez que alguna persona entraba y se sentaba con intención de leer, él comenzaba un examen detenido mirándola fijamente y paseando sin parar a su alrededor, como intentando encontrar en cualquiera de los que entraba a su perseguidor invisible, lo que hacía que finalmente el visitante huyera aterrorizado de aquella locura. Ahora más que nunca ansiaba tener la seguridad que la soledad absoluta le proporcionaba, de esta forma únicamente tenía que luchar contra sí mismo.

         Durante varias horas estuvo reflexionando sobre cómo podría deshacerse definitivamente de su perseguidor. En una o dos ocasiones le pareció que había alguien más dentro de la sala y buscó desesperadamente por todos los rincones sin conseguir tranquilizarse. Cuando ya era de noche abandonó la biblioteca y fue a buscar un lugar donde cenar, decidiéndose por un pequeño restaurante de apenas ocho mesas en el que no existía ningún recoveco, desde cualquiera de las mesas podía divisarse perfectamente la totalidad del establecimiento. No estaba muy decidido sobre lo que iba a cenar y al insistir el camarero en que probara la especialidad del día, enormes sospechas comenzaron a surgir en su interior: podría ser aquél el enemigo invisible. Si no fuera así, ¿qué sentido tenía que insistiera de ese modo para que comiera? Salió sin decir una palabra y llegó al portal de su casa. Subió agitadamente las escaleras, despreciando el amplio ascensor que en esos momentos le pareció una fuente inagotable de peligros desconocidos. Entró en su casa y ritualmente fue pasando todos los cerrojos: de momento parecía que allí podía estar seguro. Encendió la luz del pasillo y se dirigió hacia la cocina lentamente; por el camino le pareció ver a alguien que seguía sus pasos. Se volvió con fuerza y una carcajada histérica brotó de su interior, se había asustado de su propia sombra. Todavía inquieto continuó el camino hacia la cocina mirando en todas direcciones, sintió miedo ante la idea de abrir la puerta y no saber lo que podía encontrar al otro lado. Dudaba entre abrirla o no y pensó que únicamente lo haría en el caso de que no oyera absolutamente ningún ruido en los veinte segundos siguientes. Transcurridos éstos decidió no hacerlo porque en ese tiempo no había dejado de oír los latidos de su corazón. Su propia casa ya no le parecía segura, ni tan siquiera se sentía seguro dentro de su propio cuerpo. Contempló cuidadosamente sus manos que apenas reconocía como propias y no consiguió distinguir en ellas la línea de la vida.

Fue hasta su habitación y se sentó ante el amplio espejo del armario, allí podía contemplarse totalmente. Con lentitud acercó su cara y por más esfuerzos que hizo no consiguió reconocer la imagen que el espejo le devolvía. Con cuidado fue quitándose poco a poco la ropa mientras sentía en su interior un miedo y una inseguridad cada vez mayores. Contempló con asombro el reflejo de su cuerpo: aquel desconocido le devolvía una mirada asombrada. Por unos instantes se sintió casi feliz al darse cuenta de que al fin estaba viendo el rostro de su perseguidor, por fin lo tenía frente a frente e iba a poder destruirlo. En aquel momento decidió proporcionarle una lenta agonía, probablemente su enemigo estaba maquinando algo muy similar, también en aquella imagen se reflejaba una mirada de odio. Por fin lo tenía acorralado, el perseguidor jamás podría salir del espejo sin su consentimiento. Alargó la mano y cogió una pequeña cuchilla, buscó aquella profunda arruga entre el brazo y la mano y muy lentamente clavó en ella la cuchilla. Se sentía dichoso, el espejo le devolvía una imagen ensangrentada con un amargo rictus de dolor en el rostro. Su odio era cada vez mayor, pero al fin estaba dominando al invisible. Intensificó su agonía llevando con cuidado la cuchilla hasta la parte exterior del pie izquierdo y clavándola con fuerza pensó que ya no iba a resistir demasiado. Levantó la vista hacia el espejo y vio cómo la imagen del otro lentamente iba cayendo sin vida. Mientras caía se sintió al fin libre, abandonando su infierno.