Había una vez una playa casi desierta en la que habitaban muchas, muchas conchas. Eran muy variadas, desde las más pequeñas de mejillón hasta algunas muy grandes de centollo, pero todas se llevaban muy bien entre ellas. Jugaban a perseguirse, a bañarse, a secarse al sol y a esconderse en la arena o entre las rocas. A todas les gustaba mucho aquella playa porque muy pocas personas la visitaban, era una playa muy tranquila.
Sólo de vez en cuando algún paseante solitario iba a correr por ella o a contemplar la salida del sol. Pero un día pasó por allí Berta.
Berta era una niña a la que le gustaba mucho el mar. No importaba que fuera verano o invierno, a ella le gustaba pasear por la playa, correr, saltar, jugar con la espuma de las olas y recoger algunas conchas de la arena. Había estado en muchas playas distintas y en ellas había recogido conchas y una gran caracola que ahora guardaba en su casa.
Pero nunca había estado en una playa tan grande y tan bonita como aquella. Aquel día estuvo casi toda la mañana jugando a hacer castillos en la arena, tan entretenida que se le pasaron las horas sin darse cuenta. ¡Caramba -pensó-, si ya es hora de comer. Será mejor que me vaya! Y volvió corriendo a su casa.
Cuando Berta se fue, unas cuantas conchas se acercaron a contemplar los castillos de arena que había hecho.
- No está mal, no está nada mal -dijo una concha de mejillón-. Esta niña va para artista, ¿no te parece Connie? -dijo, dirigiéndose a una gran concha blanca-.
- Sí, está bastante bien. Y además ha estado bastante quieta toda la mañana -dijo Connie, la concha-. De todos modos prefiero que no vuelva, estamos más tranquilos sin gente.
Pero los deseos de Connie no se cumplieron. Al día siguiente muy temprano Berta volvía a estar en la playa y esta vez no paraba de corretear cerca de la orilla.
-¡Uuuuuyyyyyy! -dijeron algunas conchas apartándose a su paso-. Esta chica hoy parece un huracán.
Efectivamente, Berta aquel día estaba muy contenta y no paraba de correr y saltar. Ahora iba corriendo entre unas rocas que estaban algo apartadas, cuando de pronto le pareció oír algo.
- ¡Aaaaayyyyy! ¡Aggg! Podrías mirar por donde pisas.
Berta miró a su alrededor y no vio a nadie. Extrañada, se preguntó a sí misma es voz alta:
-¿Qué habrá sido eso?
- ¿Qué habrá sido eso? ¿Qué habrá sido eso? Bah -repetía la voz, malhumorada-. Todos son iguales, primero casi te aplastan y luego preguntan con voz inocente, ¿qué habrá sido eso?
Berta no entendía nada, miraba y miraba sin atreverse casi a moverse, pero no veía a nadie. Al final se decidió a pedir disculpas, aunque no sabía a quién.
- Perdone usted -dijo temerosa-. No sé qué le he hecho, pero lo siento mucho, de verdad. ¿Quién es usted?
- Mira a tus pies, pequeño monstruo -dijo la voz, todavía enfadada-. ¿Qué ves?
- Pues veo, veo, ..., sólo veo una concha, muy bonita por cierto -dijo Berta, algo asustada-.
- Sólo veo una concha -repitió la voz, imitando la de Berta-. ¿Y te parece poco? Casi me aplastas.
Berta ahora estaba completamente despistada. Si no había entendido mal era la concha quien le hablaba. Se agachó, pensando que así lo entendería mejor, se acercó a la concha y alargó la mano para cogerla.
-¡Quieta! -gritó la concha enfadadísima, al tiempo que corría a esconderse debajo de una roca-. ¡Ni se te ocurra tocarme! ¿Acaso te he tocado yo a ti?
- Pero oiga -dijo Berta algo enfadada-. No iba a hacerle ningún daño. ¿Por qué se pone tan furiosa?
- Porque estoy harta de que todos los humanos anden toqueteándome. No me dejan nunca tranquila -dijo la concha, bastante molesta todavía-.
-Está bien, está bien -comentó Berta, tratando de tranquilizarla-. ¿Tiene usted nombre?
- ¿Lo tienes tú? -contestó furiosa la concha.
- Claro. Yo me llamo Berta.
- Pues si lo tienes tú, no sé por qué no habría de tener yo también un nombre. Claro que lo tengo, me llamo Connie -dijo la concha gruñona-.
- Bueno Connie, pues me alegro mucho de conocerte. Y de verdad que siento muchísimo haberte molestado -comentó Berta, tratando de hacerse amiga suya-.
- Bueno, en realidad, no has llegado a pisarme, pero has estado a punto. Tendrás que ir con más cuidado -dijo Connie, y ya no parecía enfadada-. Y ahora si no te importa, Berta, me gustaría dormir un poco. Adiós.
Y desapareció entre las rocas.
Berta casi no podía creerlo: había estado hablando con una concha. Se dio cuenta de que ya era la hora de comer y se fue corriendo, pero esta vez fue con mucho cuidado por la arena, tratando de no pisar ninguna concha.
Al día siguiente, lo primero que Berta hizo fue ir al lugar donde había conocido a Connie. Tenía muchas ganas de volver a verla y de charlar con ella, pero no la encontró por ninguna parte.
-¡Connie! ¡Connie! -gritó Berta, pensando que a lo mejor podía oírla-.
Al cabo de un rato, los gritos de Berta surtieron efecto. Por el extremo de una roca, asomó Connie, que acababa de despertarse.
-¿Qué son esos gritos? -gruñó Connie-. Vas a despertar a todo el mundo.
- Pero si no hay nadie -dijo Berta, mirando a la playa desierta-.
- No hay nadie, no hay nadie -repitió Connie-. Para vosotros, los humanos, sólo existís vosotros. En esta playa, niña, viven más de mil conchas, que deben estar ahora con ganas de morderte por haberlas despertado.
- Lo siento -dijo Berta-. Lo recordaré, te lo prometo.
- Eso espero. Y bien -comentó Connie-, ¿por qué gritabas de esa forma?
- Porque no sabía dónde encontrarte -dijo Berta sonriendo-. Y quería verte y charlar contigo.
- Eres una humana bastante agradable -dijo Connie, casi sonriendo-.
- ¿Por qué estás siempre escondida? -preguntó Berta-.
- Es una historia un poco larga, pero te la contaré porque pareces una niña comprensiva y muy simpática -comentó Connie, sonriendo ya-. Verás, Berta, me escondo porque estoy harta de que cualquier humano que pase por cualquiera de las playas donde he estado trate de cogerme y llevarme a su casa. Al cabo de un tiempo se olvidan de ti y te guardan en un cajón o te tiran a la basura. Imagínate, qué triste destino para nosotras que estamos acostumbradas al mar, al sol, a la luz ...
Yo he estado ya en varias casas, y fue una experiencia horrible, en una hasta me usaron como cenicero. ¿Puedes imaginarte algo peor? Me escapé de todas ellas. He vivido en playas muy diferentes, en lugares muy alejados unos de otros, pero la gente es igual en todas partes. Todos quieren cogerte, limpiarte bien, ponerte de adorno y luego olvidarte. A veces, ¿sabes?, me gustaría ser un erizo, así nadie se fijaría en mí ni querrían llevarme a sus casas.
Recuerdo una vez en que hasta me pinté de rojo porque pensé que así no interesaría a nadie. ¡Qué horror! Nada más secarse la pintura pasaron por mi lado dos señoras muy cursis, y tuve la desgracia de que me vieran.
-¡Fíjate, Leonor, qué concha tan original! -le dijo una a la otra-. Nunca había visto una concha roja, ¿y tú?
La otra, que se llamaba Francis, tampoco había visto nunca una concha roja, así que me llevaron a su casa y me enseñaron a otras cincuenta mujeres como ellas. No pude más y un día me quité la pintura. Dejé de interesarles y pude escaparme.
Así fue cómo decidí venir a esta playa solitaria y llevo ya algunos años muy tranquila. Cuando se acerca alguien y trata de tocarme, le pego un grito y sale corriendo asustado. Tú eres la única que se ha quedado.
Berta la miraba con los ojos muy abiertos, asombrada de aquella historia. Pensaba en que nunca se le hubiera ocurrido que las conchas pudieran tener una vida tan agitada.
-¿Y no tienes amigos? -preguntó a Connie-.
- Claro que sí -dijo ella-. En esta playa hay conchas muy agradables. Además, he dejado amigos también en otras playas lejanas.
-¿Recuerdas alguno en especial? -preguntó Berta-.
Connie se quedó callada unos segundos y luego dijo:
- Sí, una vez estuve en el Caribe, ¿conoces el Caribe?
- Sí -dijo Berta-, el año pasado estuve allí con mis padres. Y, lo siento, pero me temo que traje algunas conchas -comentó casi avergonzada-.
- No te preocupes, a algunas les gusta estar con humanos -dijo Connie, sonriendo-. Pues verás, en el Caribe tenía una amiga muy especial, una gran caracola que se llamaba Carolina. Con ella hacíamos grandes excursiones, pero tuvimos que separarnos, aquellas aguas eran demasiado cálidas para mí. Yo nací en un lugar muy frío, cerca de aquí.
- ¿Y no has vuelto a ver a Carolina? -preguntó Berta interesada-.
- No, durante un tiempo me mandó mensajes por algún pescador amigo, pero hace ya un año que no sé nada de ella -comentó Connie con cierta melancolía-. Y ahora, es hora de dormir un poco. Además, tú tienes que ir a comer.
-¡Anda! es verdad -dijo Berta-. tengo que marcharme, pero volveré mañana.
-¡Oye Berta! -gritó Connie-. Pregúntales a tus conchas si quieren estar en tu casa.
- Lo haré, no te preocupes -dijo Berta, mientras corría-.
Cuando Berta llegó a su casa, lo primero que hizo fue ir a ver su colección de conchas; tenía diez conchas de todos los tamaños y una gran caracola. Nunca había hablado con ellas, por supuesto, pero después de haber conocido a Connie, ya nada le parecía extraño.
- Hola, buenas tardes a todas -dijo Berta en voz baja-. ¿Cómo estáis?
Ninguna respondía, así que Berta pensó que tal vez Connie era la única que hablaba. De todos modos, decidió intentarlo otra vez.
- A lo mejor os extraña un poco que os hable, pero quiero haceros una pregunta: ¿alguna de vosotras quiere volver al mar?
Ahora sí que parecía que había alguna respuesta. Empezaron a moverse y se acercaron unas a otras como si estuvieran hablando entre sí. Sólo la caracola se mantenía quieta. De pronto, una de las conchas se acercó a Berta y le dijo:
- Queremos agradecerte lo bien que nos has tratado siempre, pero algunas de nosotras quisiéramos volver al mar.
- Muy bien, no hay ningún problema, luego os llevaré -comentó Berta-.
De pronto se fijó en que la caracola no se había movido de su sitio, parecía muy cansada. La cogió entre sus manos y le dijo:
- ¿Tú no dices nada? ¿No quieres volver a casa?
- Soy ya algo vieja para hacer un viaje tan largo -dijo la caracola con voz cansada-.
En aquel momento Berta recordó que la había traído del Caribe. Pensó en Connie y preguntó a la caracola:
- ¿Cómo te llamas?
- Las caracolas no tenemos nombre -comentó con desgana-.
- Pues yo tengo una concha amiga que dice que vosotras también tenéis nombre -dijo Berta-. Ella se llama Connie.
Al oír este nombre, la caracola dio un gran salto entre las manos de Berta. Faltó muy poco para que se cayera al suelo. De pronto parecía muy joven y estaba muy nerviosa.
- ¿Conoces a Connie? ¿Cómo es? ¿Vive por aquí? -preguntaba casi sin respirar-.
- Conozco a Connie, es una gran concha blanca y está en la playa grande que hay al otro lado de esta calle -dijo Berta-. Y ahora ¿puedes decirme tu nombre?
- Claro, claro, perdona -dijo la caracola-. Me llamo Carolina.
Así fue cómo Berta se enteró de que Carolina había decidido quedarse en una casa porque hacía mucho tiempo que no tenía ninguna noticia de su amiga Connie. Creía que alguien la habría aplastado con un pisotón o algo peor. Pero ahora se sentía feliz, muy feliz porque Berta le prometió llevarla al día siguiente a la playa y dejarla con Connie.
A la mañana siguiente, después de haber dejado en la orilla a las conchas que le habían pedido regresar al mar, Berta se acercó a las rocas y gritó sin ninguna contemplación:
- ¡Connie! ¡Connie! Despiértate, vamos, tengo una gran sorpresa para ti. ¡Connie! ¡Connie!
Connie asomó por una esquina de la roca y con una voz de sueño tremenda dijo:
- Espero que sea algo importante porque apenas he dormido esta noche.
- Ya verás -dijo Berta-. Es una sorpresa maravillosa. Cierra los ojos.
Connie obedeció y de pronto se oyó la voz de Carolina que decía:
- Sigues tan dormilona como siempre, Connie. No has cambiado nada.
Connie no podía creerlo, abrió los ojos y vio a Carolina. Se acercaron y se dieron un enorme abrazo, saltando, riendo y dando volteretas. Miraron a Berta y dijeron las dos al tiempo:
- Gracias Berta, eres una humana estupenda.
Berta las miraba sonriendo y las tres juntas fueron a pasear por la playa. Connie y Carolina no paraban de charlar...