09 abril 2008

Despedida y cierre

Cerrado1

Hace meses seguramente que debería haber puesto estas palabras, porque de hecho este espacio lleva cerrado mucho tiempo.

Hoy he comprendido que había llegado el momento de cerrar las puertas, de poner candados a este tesoro que para mí ha sido este blog durante algunos años.

El adiós a mi madre ha cambiado muchas cosas en mí y se impone también empezar una nueva etapa, tal vez un nuevo blog.

Gracias a todos los que habéis estado ahí siempre, animándome a escribir, leyéndome, compartiendo pantalla, sensaciones, sonrisas y también muchas de mis lágrimas.

Al lado del candado os dejo la llave para que entréis cuando queráis, para que os sentéis en algún recodo del camino y descanséis, para que caminéis por mi interior, por mis palabras y por mis silencios.

Gracias ahora y siempre. Hasta ahora, hasta siempre.

       

Cerrado2                   Llave_2

18 mayo 2005

Calim, el calamar

               

Había una vez un calamar que se llamaba Calim y que vivía en las aguas de una playa muy grande y muy bonita. A Calim le gustaba mucho jugar y tenía bastantes amigos. Sus preferidos eran Poli, el pulpo y Cram, el cangrejo. Algunas veces, en vera­no, juga­ban también con dos niños que eran sus ami­gos y con los que se divertían mucho: Moncho y David.

En las últimas semanas jugaban todos juntos y se lo pasaban en grande. Cram el cangrejo les en­señaba lo que había que hacer para aprender a cami­nar siempre hacia atrás, pero David y Moncho todo lo que conseguían era tropezar, caer en la arena y a veces irse de cabeza al agua. Poli el pulpo les en­señaba su habilidad para hacer nudos y deshacerlos con sus ocho brazos. Moncho y David pensaban en lo latoso que era colocarse bien cada mañana las dos mangas de un jersey y lo horrible que sería tener ocho en lugar de dos, y miraban asombrados la rapidez con la que Poli hacía y deshacía, parecía un mago. Calim el calamar actuaba como maestro de ceremonias, pre­sentándolos como si estuvieran en un teatro o en un circo.

Calim

- Señoras y señores, con ustedes el único, el inigualable artista venido de los mares del Sur espe­cialmente para actuar ante ustedes: Poliiiiii el pulpooooooo... -decía Calim, al tiempo que hacía una gran reverencia-.

Aquel día Calim presentaba un número muy especial: Cram el cangrejo iba a probar el más difícil todavía, caminar hacia adelante.

- Con ustedes el número más peligroso que hayan contemplado jamás sus ojos: Cram el cangrejo luchará contra todo y caminará hacia adelante -reía Calim-. Y señoras y señores, lo hará sin red.


Cram lo intentaba y lo intentaba pero en cuanto se despistaba un poco volvía a ir hacia atrás. Todos se partían de risa al ver sus esfuerzos, pero aplau­dieron al final, sobre todo Poli que lo hacía con sus ocho manos.

A Calim se le ocurrió entonces que podían hacer otro número todavía. Si Cram había intentado cami­nar hacia adelante, David y Moncho podían intentar hacerlo con las manos y cabeza abajo. Volvió a su papel de presentador y dijo:

- Y ahora, señoras y señores, guarden mucho silencio. Nuestros héroes necesitan mucha, mucha concentración. Ellos son Moncho y David y van a in­tentar lo imposible: que un ser humano, mejor dicho, que dos seres humanos caminen cabeza abajo. Adelan­te, muchachos.


A David y Moncho no les quedaba más remedio que hacer su número, así que lo intentaron encan­tados. Por supuesto, no pudieron dar más que un par de pasos porque al ir con los pies para arriba perdían el equilibrio y caían sobre la arena. Eso sí, se divir­tieron todos muchísimo.

- Señoras y señores, hasta la próxima -decía Calim con otra gran reverencia-. Gracias por venir a ver nuestro arte. Mañana volveremos a estar con ustedes.

Y otra vez se oían grandes aplausos de las ocho manos de Poli.

Ya era tarde, así que David y Moncho se despi­dieron de sus amigos y todos volvieron a sus casas. Quedaron en que al día siguiente se verían de nuevo en el mismo sitio.

A la mañana siguiente cuando Moncho y David llegaron a la playa se extrañaron mucho al ver a sus amigos tan serios. Cram no paraba de moverse. Poli jugueteaba furioso con sus manos haciéndose un lío de vez en cuando y Calim parecía muy abatido.

-¿Qué ocurre? -preguntaron los dos niños, sor­prendidos por aquel recibimiento-.

Calim se adelantó para responder:

- Ha ocurrido un desastre, que podía haber sido todavía peor.Pulpo

- ¿Un desastre? ¿Qué tipo de desastre? -preguntó David, que no tenía ni idea de a qué se refería Calim-.

- Acompañadnos -dijeron-. Vamos a enseñaros algo.

David y Moncho los siguieron hasta un extremo de la gran playa. Al llegar al lado de unas rocas, se pararon y contemplaron asustados a qué desastre se refería Calim: la playa parecía un campo de batalla, había botellas, vasos, papeles, restos de un fuego, colillas de cigarrillos y todo tipo de basuras. Además, había también montones de conchas pisoteadas y aplastadas. Aquello era realmente un desastre.

- ¿Entendéis ahora a qué desastre nos referi­mos? -preguntó Poli todo preocupado-.

_ ¡Dios mío! -dijo Moncho-. ¿Quién puede haber hecho esto?

- Unos gamberros, por supuesto -contestó Cram todo enfadado-. Habría que darles un buen escarmien­to.

- Tienes razón -dijo Calim-. Pero ni siquiera sabemos quiénes son. De todas maneras habría que hacerles entender que la playa no es suya, sobre todo si la utilizan para estas porquerías.

- Quizá podamos hablar con el alcalde y decirle que pongan vigilantes por la noche -comentó David-.

- ¡Uf! no servirá de nada. No puede haber vigi­lantes toda la vida y estos gamberros seguro que vuel­ven -dijo Poli-.

- Les daremos una oportunidad -comentó Calim-. Pondremos papeleras a lo largo de la playa y unos letreros que digan: "Por favor, no ensucien la playa. Tiren la basura en las papeleras". A lo mejor hay suerte y lo hacen.

A todos les pareció una buena idea, aunque estaban muy enfadados. No entendían cómo se podía hacer aquello en una playa. Había que ser muy gam­berro.

Dedicaron todo el día a recoger aquellas por­querías y a limpiar bien la playa. Colocaron unas grandes papeleras y unos letreros enormes, tal como había dicho Calim.

Playa A la mañana siguiente, David y Moncho fueron más temprano que de costumbre a reunirse con sus amigos. Los encontraron muy tranquilos: aquella noche no había ocurrido nada, las papeleras estaban vacías, sólo en una había dos o tres envoltorios de caramelos. Estaba claro que los gamberros no habían aparecido por allí. De momento podían estar tran­quilos.

Pero su tranquilidad no duró mucho tiempo. Una semana después, cuando Moncho y David llega­ron a la playa se encontraron a sus amigos desolados. Esta vez no hizo falta preguntarles qué había ocurrido porque el desastre afectaba a toda la playa: había basura por todas partes, las papeleras estaban tiradas en el suelo y de los letreros no quedaban más que los restos porque los gamberros los habían utilizado para hacer un fuego.

- Bueno, amigos, ya veis -dijo Calim-. Estamos tratando con unos salvajes. Esta vez han hecho más gamberradas que la anterior.

- Será mejor que nos pongamos ya a limpiarlo, porque si no nunca acabaremos -dijo Cram muy en­fadado-.

-¡Qué rabia no poder hacer nada para que esos gamberros nos dejen en paz! -protestó Moncho-.

- En fin -dijo David mientras empezaba a reco­ger unas botellas-, de momento lo único que podemos hacer es limpiarlo todo.

Estuvieron todo el día recogiendo papeles, botellas, y limpiando bien la playa. Al anochecer todos estaban agotados, así que decidieron irse a dormir.

Cuando David y Moncho se marcharon, Calim se quedó un rato hablando con Poli y Cram.

- No podemos cruzarnos de brazos todos los días viendo cómo un puñado de gamberros ensucian la playa -les dijo-. Estoy seguro de que hay algo que podemos hacer. Veréis, tengo un plan, pero necesitare­mos la ayuda de todos nuestros hermanos. Así que manos a la obra y vamos a avisarles.

En poco rato Calim, Cram y Poli consiguieron reunir a más de cien animales de su clase: la playa estaba llena de calamares, pulpos y cangrejos. Calim se dirigió a todos ellos y les dijo que no iba a ser un trabajo fácil porque habría que hacer guardia toda la noche.

-¡Estamos dispuestos! -gritaron todos-.

- Bien, entonces escuchad. Éste es mi plan ...

Y Calim les explicó en qué consistía, con todo detalle.

Pasaron varias horas antes de que ocurriera nada. Pero finalmente, cuando eran casi las tres de la madrugada, a Poli le pareció oír algo.

- Creo que viene alguien -dijo-.

Y así era, ahora podían oírlo todos perfec­tamente. Un grupo de personas se acercaba gritando y cantando. Al verlos de cerca, Calim comprobó que sólo eran cuatro.

- Va a ser más fácil de lo que creíamos -dijo a sus compañeros-. Bueno, ya conocéis el plan.

Los gamberros empezaban ahora a tirar algunas botellas vacías y gritaban:

-¡Esto es vida! Hoy hasta quizá pesquemos algún cangrejo.

Cram, al oír esto, quiso lanzarse ya al ataque, pero Calim lo agarró por una pinza y le dijo:

- No vayas a estropear el plan.

Los gamberros continuaban con su juerga. Calim entonces dio la orden de empezar. Poli y otro pulpo empezaron a moverse sin parar en el agua, salpicando hasta dejarlo empapado a uno de los gamberros.

-¡Eh! ¡Eh! -gritó éste dirigiéndose a sus com­pañeros-. Eso no ha tenido gracia.

Los otros lo miraron como si estuviera loco, y al verlo todo mojado empezaron a reírse.

-¡Cómo te has puesto! Ja, ja, ja.

- No tiene gracia. Si volvéis a hacerlo os acor­daréis de mí -dijo furioso-.

- Estás loco -comentaron los otros-. Nosotros ni siquiera nos hemos acercado a ti.

-¿Quién ha sido entonces­? -se preguntaron un poco preocupados-.

Otro se acercó a su compañero y cuando estaba de espaldas a éste, Poli y su amigo volvieron a repetir el chapoteo hasta dejarlo empapado.

-¡Aaahhh! ¡Déjame en paz! -gritó el gamberro, creyendo que lo había mojado su compañero-.

-¡Yo no he sido! -gritó éste-.

Ahora, además de preocupados, empezaban a estar algo asustados.

- Será mejor que no nos separemos mucho unos de otros -dijo el que parecía ser el jefe-. Vamos a ver qué ocurre.

Se acercaron los cuatro juntos a la orilla con unos palos en la mano. Calim entonces dio la señal de atacar.

-¡Adelante, muchachos! -dijo-.

Y el plan de Calim se puso en marcha. De pron­to cada uno de los gamberros se encontró inmovilizado de pies y manos, los pulpos se habían encargado de atarlos; los cangrejos, con sus pinzas, les apretaban la nariz y las orejas; y los calamares soltaban su tinta por encima de ellos.

-¿Qué es esto? -gritaban muertos de miedo-.

-¡Me he quedado ciego, no veo nada más que tinta negra! -gritaba uno-.

-¡No puedo moverme! -gritaba otro-.

-¡Aaahhh! Son monstruos marinos -decía el jefe-.

Calim, con voz furiosa, les dijo:

- Efectivamente, somos monstruos marinos y no nos gusta que ensucien la playa. Pero como a voso­tros sí que parece gustaros la suciedad hemos decidido daros una buena ración.

Y entonces volvió a dar la orden de echarles tinta. Esta vez fueron los pulpos los que se encargaron de ello.

-¡Basta! ¡Basta! -gritaban los gamberros-. Dejad­nos marchar, no volveremos nunca.

- Será mejor que no lo hagáis -dijo Poli-. Y decíd­selo también a vuestros compañeros. Pero antes lim­piad todo esto, inmediatamente.

Los gamberros lo dejaron todo completamente limpio en un instante, y luego echaron a correr sin volver la vista atrás ni una sola vez.

Poli, Calim, Cram y todos sus amigos no podían parar de reír. Al fin se habían librado de ellos.

- Bueno, monstruos marinos -dijo Calim rién­dose-. Será mejor que descansemos un poco. Buenas noches y gracias a todos.

Así fue cómo la playa volvió a ser la de siempre: limpia y tranquila. Los gamberros jamás volvieron a aparecer y Calim, Cram, Poli, Moncho y David siguie­ron haciendo sus números de circo.

15 abril 2005

La boina y el bombín

Había una vez una tienda de sombreros llamada Sombrerería El Cabezudo. Era la mejor tienda de todo el pueblo. Estaba situada en la plaza más bonita, y cualquiera que quisiera comprar un sombrero sabía que allí lo encontraría.

En El Cabezudo había sombreros tejanos, som­breros de copa, con flores, sin flores, boinas de todos los colores y bombines de todas las tallas.

Sombrereria Andrés, el dueño de la tienda, viajaba por todo el mundo para comprar toda clase de sombreros. Ha­bía estado en África, en la China, en América y hasta en las más altas colinas del Himalaya, donde había comprado unos preciosos gorros de la mejor lana del mundo.

Su tienda estaba siempre llena de gente, hasta el punto de que a veces Andrés tenía que contratar a dos o más dependientes para que le ayudaran a vender los sombreros.

Los casi mil sombreros de la tienda estaban muy bien colocados en sus cajas en unas estanterías que rodeaban toda la tienda. En un estante estaban los gorros de lana, en otro los sombreros de plumas, en otro los sombreros de caza, en otro los de pesca, y en cada uno de ellos había un letrero para no equi­vocarse. Como todos los sombreros no le cabían en los estantes de la tienda, Andrés tenía además un gran almacén en la parte de atrás.

Allí, en una gran estantería, había varias cajas que ponían: "Sombreros variados". En ellas se guar­daban algunos sombreros que ya no estaban de moda y que no se vendían desde hacía algún tiempo.

En una de esas cajas había dos sombreros muy parlanchines que llevaban varios años compartiendo la caja, se trataba de una boina y de un bombín. La boina se llamaba Bony y el bombín se llamaba Bomby.

Bony y Bomby se habían hecho grandes amigos a lo largo de los años que llevaban juntos en la caja. Al principio les acompañaba también un gorro de lana de muchos colores que había venido de las montañas del Perú, pero una noche decidió marcharse a algún lugar más fresco porque se asfixiaba con tanto calor. Andy, que así se llamaba el gorro, se marchó en busca de la nieve de alguna montaña, decía que tal vez allí pudiera ser útil a alguien.

Después de la marcha de Andy se quedaron solos en la caja Bony y Bomby y, aunque al principio no parecían llevarse muy bien porque eran muy dife­rentes, resultaron ser inseparables finalmente.

Bomby era un elegante sombrero inglés acostumbrado a estar siempre entre grandes y educa­dos caballeros. Bony, en cambio, era una boina muy campechana acostumbrada a estar entre la gente del pueblo.

Al principio, a los dos les molestaba mucho que nadie quisiera comprarlos, pero luego casi se alegra­ban porque así no tenían que separarse.

Un día entró en la tienda de Andrés un señor muy bien vestido y pidió un bombín. Andrés lo miró con cara de sorpresa: en cinco años era la primera persona que lo pedía. Se dirigió hacia la estantería que ponía "Sombreros ingleses", buscó la caja de bom­bines, la abrió y, sorprendido, vio que no quedaba ninguno. Se dirigió entonces al almacén murmurando:

-¿Dónde rayos encontraré ahora un bombín?Bombin

Bony, que oyó las palabras de Andrés, dio un salto dentro de la caja y le dijo a Bomby:

- Bomby, Bomby, vienen a por ti.

- No puede ser -dijo Bomby- yo no me quiero ir.

Mientras decía esto, la mano de Andrés había agarrado ya la caja y se dirigía con ella hacia la tien­da, la abrió delante del señor y sacó de su interior a Bomby. Desde la caja Bony contemplaba la escena con cara de pena.

- Vamos a ver qué le parece éste -dijo Andrés.

- Parece un poco antiguo, pero es posible que sirva -comentó el señor-.

Bomby no quería abandonar a su amiga, así que decidió hacer todo lo posible para que el señor no se lo llevara. Trató de encogerse todo lo que pudo para que al señor no le entrara la cabeza. Bomby casi no podía respirar con el esfuerzo, pero su truco le salió bien. Por más que el señor lo intentó no hubo manera de que pudiera colocárselo en la cabeza.

-¡Uf! éste es pequeño para mi cabeza. ¿No tiene usted otra talla? -preguntó el señor-.

- Lo siento -dijo Andrés- pero es el único que me queda.

Bony se sentía feliz: su amigo no se marchaba y podrían seguir juntos todavía un tiempo más.

Andrés metió a Bomby dentro de la caja y la devolvió al almacén.

- No sé si los venderé nunca -dijo-. Empiezan a estar un poco viejos.

Bomby y Bony se reían dentro de su caja y juga­ban a esconderse en sus esquinas. Juntos y felices estuvieron durante mucho tiempo, hasta que un día entraron en la tienda dos niños muy traviesos: Juan y Jorge.

Se dirigieron al mostrador y Jorge preguntó a Andrés:

Caja - ¿Tiene usted sombreros para disfraces?

Andrés, muy serio, le respondió que cualquier sombrero servía para disfrazarse. Sólo tenía que saber de qué quería disfrazarse.

- Bueno -dijo Jorge- a mi hermano y a mí nos gustaría disfrazarnos de cosas muy diferentes, por ejemplo de gigante y de enano, de gordo y de flaco, algo así...

-¡Caramba! -dijo Andrés-, me lo ponéis bastante difícil, pero veré lo que puedo hacer.

Andrés fue al almacén y empezó a mirar entre las cajas tratando de encontrar algo que pudiera ser­vir a aquellos dos niños, pero nada de lo que en­contraba le parecía bien.

Bony y Bomby habían oído la conversación desde su caja y pensaban que ésta era la ocasión de su vida. Aquellos dos niños eran hermanos, así que debían vivir en la misma casa. Además, querían dos disfraces muy diferentes: Bony y Bomby eran justo lo que nece­sitaban, no se parecían en nada. Si conseguían que aquellos hermanos los compraran podrían estar juntos siempre.

Pero, con tristeza, comprobaron que Andrés no se acordaba de ellos para nada. Bony y Bomby decidie­ron que tenían que hacer algo. Se colocaron los dos en un extremo de la caja y empujaron con fuerza para tratar de moverla.

- A la una, a las dos y a las treeeeees -gritaron-.

Empujaron y empujaron hasta que la caja cayó del estante. Bony y Bomby se dieron un buen golpe, pero el esfuerzo valió la pena: Andrés fue a recoger la caja del suelo y entonces se dio cuenta de lo que había dentro.

-¡Qué casualidad! -dijo-, esto es justo lo que necesito.

Cogió la caja y la llevó al mostrador.

- Bueno chicos -dijo sonriendo- creo que he en­contrado vuestros disfraces ideales. Veréis, aquí tene­mos una boina y un bombín, un sombrero para gente del pueblo y un sombrero para un inglés elegante. ¿Qué os parece?Bombin2

A Juan y a Jorge les pareció una idea magnífica. Juan cogió rápidamente a Bony y se la puso en la cabeza.

-¿Qué tal estoy? -preguntó-.

- Pareces un auténtico campesino -dijo Jorge mientras se colocaba a Bomby sobre su cabeza-.

-¡Caramba, qué elegante! -se burló Juan-.

Así fue cómo Bony y Bomby siguieron juntos un tiempo más. Juan y Jorge, después de su fiesta de disfraces, siguieron conservando los dos sombreros guardados en una caja.

Hasta que un día los padres de Juan y Jorge decidieron hacer un viaje en barco con sus hijos.

- Coged algunos juguetes, pero no demasiados -les dijo su madre-.

Juan y Jorge estuvieron buscando en su armario algunos juguetes y se encontraron con la caja de Bony y Bomby.

- Nos llevaremos también los sombreros -dijo Juan-.

Así fue cómo Bony y Bomby se fueron a un cru­cero por el Atlántico. Los dos estaban muy contentos porque nunca habían hecho un viaje en barco.

Durante los siete días que duró la travesía Juan y Jorge no se quitaban casi nunca sus sombreros. Bony y Bomby se divirtieron muchísimo y se sintieron muy felices. Pero el último día de viaje hizo muy mal tiempo, el mar estaba algo alborotado y hacía mucho viento.

Sin embargo, Juan y Jorge estaban, como todos los días, jugando al escondite en la cubierta del barco. Por supuesto, llevaban puestos sus sombreros. Pero de pronto empezó a llover y el viento se hizo cada vez más fuerte, tan fuerte que se llevó sin ninguna con­templación el sombrero de la cabeza de Jorge.

-¡He perdido mi bombín! -gritó Jorge-.

Cuando Bomby oyó esto se asustó muchísimo pensando en lo que le habría pasado a su amigo. Juan y Jorge buscaron por la cubierta del barco, pero no lo encontraron. Sin duda, el sombrero se había caído al agua. Se asomaron a la barandilla del barco y lo vieron flotando en el mar.

-¡Qué pena! -dijo Juan- ¡Llevaba tanto tiempo con nosotros!

Bony pensaba cómo podría recuperar a su ami­go, pero era imposible sacarlo del agua. Se le ocurrió que sólo había una forma de no separarse de él: correr a su lado. No lo pensó dos veces y se lanzó al agua.

-¡Mi boina! -gritaba Juan- ¡El viento se ha lleva­do también mi boina!

Bomby, al ver a su amiga, la regañó por haberse tirado al agua, pero al mismo tiempo reconoció que estaba muy contento porque seguían juntos.

- Espero que sepas nadar bien -le dijo-.

Iban nadando muy juntos cuando de pronto sintieron un pinchazo y que algo los arrastraba con fuerza.

- ¡Aaaaayyyyyyy! -gritaron-. Esto parece un huracán.

Pero no era un huracán sino un anzuelo, y lo que los arrastraba no era más que una caña de pescar.

Cuando el pescador recogió su caña se encontró con que lo único que había pescado eran dos sombre­ros.

- Mira lo que he pescado -dijo a su compañero-.

- Vaya, no nos irán mal esos sombreros, pero tendremos que secarlos un poco -comentó el otro pes­cador-.

Bony y Bomby descansaban ahora cerca de un fuego. Se estaban secando y con el calor empezó a entrarles un poco de sueño.

- Bueno, parece que al final las cosas no nos han ido tan mal -dijo Bony-.

- No, ya ves, y además seguimos juntos -contestó Bomby-.

Poco a poco se quedaron dormidos. Y así empezó para ellos una nueva aventura juntos.

25 febrero 2005

Olga, la ola

         Olga era una ola pequeña que vivía en alta mar. Con ella vivían otras muchas olas con las que Olga siempre jugaba, aunque sus dos mejores amigas eran Bea y Boa. Jugaban a saltar unas sobre otras, a dar grandes estornudos cuando pasaba algún barco pe­queño y salpicar así a los marineros, y a tenderse boca arriba cuando llovía. Las tres juntas se lo pasaban muy bien.

         Pero en los últimos tiempos se aburrían un poco: el mar estaba completamente calmado, hacía más de dos semanas que no soplaba nada de viento ni llovía ni había temporal. Para una ola eso es lo más aburri­do del mundo, no podían hacer nada más que estar tumbadas todo el día tomando el sol, pero a las olas les gusta moverse. Ni siquiera podían jugar a salpicar a los marineros porque al no haber viento los barcos de vela no salían a la mar.

         La única que parecía estar contenta con esta situación era la ola Lisa, la más presumida y hol­gazana de todas. Lisa disfrutaba con aquella calma porque ella no jugaba, lo único que le interesaba era estar guapa, se pasaba el día planchando su agua, peinando bien sus ondas y blanqueando su espuma para estar más y más guapa. Además, como no traba­jaba nada se pasaba el día comiendo golosinas. No permitía que ningún animal se le acercara para que no pudiera mancharle sus ropas.

         Olga, Bea y Boa disfrutaban haciéndola rabiar a veces. En alguna ocasión le habían pedido a algún calamar que se acercara con mucho cuidado a Lisa mientras ésta dormía y le echara un pequeño chorro de tinta. Cuando Lisa se despertaba y veía aquella mancha horrible se ponía a gritar desesperada:

         -¡Oh Dios mío! ¡Qué suciedad! Algún sucio ani­mal ha invadido mi casa. ¡Aggggg! ¡Qué animales tan ordinarios!

         Las tres amigas se reían muchísimo al ver cómo Lisa se ponía furiosa y comenzaba a limpiarse por todas partes.

         - Bueno, por lo menos así hace algo -comentaba Olga-, porque sólo holgazanea todo el día.

Mar_2          Lisa era además muy egoísta, nunca estaba dispuesta a ayudar a las otras olas y no quería com­partir sus cosas con nadie. Todo eso hacía que prác­ticamente ningún animal ni ninguna otra ola tuviera tratos con ella.

         El buen tiempo sin viento ni lluvia siguió du­rante semanas, pero un día el cielo se llenó de nubes negras, el viento empezó a soplar con mucha fuerza y se levantó un enorme temporal.

         Olga, Bea y Boa al principio estaban muy con­tentas porque al fin se movían, pero a medida que el temporal iba siendo cada vez mayor ya no les hacía tanta gracia. Iban de un lado a otro y tenían que aga­rrarse a las rocas para no saltar por encima de ellas. A lo lejos veían algunos barcos tratando de regresar al puerto con muchas dificultades. De pronto comen­zaron a oír un sonido tremendo que se acercaba cada vez más. No veían nada en medio de aquel terrible temporal.

         -¿Alguien sabe qué es ese ruido? -preguntó Olga-.

         - No tenemos ni idea -contestaron-.

         El ruido se acercaba cada vez más y de pronto notaron que algo pasaba muy deprisa por encima de ellas, dirigiéndose hacia las rocas.

         -¡Es un barco! -gritó Olga-. Va a chocar contra las rocas.

         Mientras Olga decía esto se oyó ya el golpe del barco contra las rocas y después un gran silencio.

         - Vamos a acercarnos -dijo Olga-. Tal vez poda­mos ayudarles.

         - Ni hablar -comentó Lisa-. Yo no me muevo de aquí, esas rocas están llenas de musgo y me mancharé toda.

         - Está bien. No vengas si no quieres -dijo Bea-. Nosotras sí vamos a ir.

         Cuando ya se disponían a marcharse oyeron un grito increíble de Lisa:

         -¡Ahhhhhhh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?

         No hicieron demasiado caso, estaban acos­tumbradas a que Lisa gritara al ver cualquier cosa, hasta una ramita de árbol, pero ahora gritaba con desesperación:

         -¡Qué horror! No puedo quitármelo de encima. Es pegajoso.

         Cuando iban a acercarse a ver qué le ocurría, empezaron a notar todas ellas un frío extraño: algo estaba acercándose y de pronto entendieron de qué se trataba.

         -¡Es petróleo! -gritó Olga-. Ese barco es un petro­lero. Hay que avisar a los animales.

         Intentaron salir corriendo de allí, pero la man­cha de petróleo corría más deprisa que ellas: era ya demasiado tarde, algunos peces y algunas gaviotas parecían ya manchas negras.

         Olga, Bea y Boa se quedaron muy quietas, sa­bían que eso es lo único que podían hacer. Lisa, en cambio, no paraba de moverse, tratando de sacarse de encima aquel líquido pegajoso.

         -¡Deja ya de moverte, Lisa! Vas a contagiar a todo el mundo con tanto movimiento. No podrás qui­tarte el petróleo -le gritó Olga furiosa-.Ola_1

         -¡Qué espanto! ¡Qué espanto! -gritaba Lisa sin parar-. ¿Cómo vamos a vivir con esta suciedad?

         Siguió saliendo petróleo del barco durante un día entero y no pudo hacerse nada por evitarlo, porque el temporal no permitía que nadie pudiera acercarse.

         A la mañana siguiente, la calma había vuelto al mar, pero ahora en aquel trozo junto a las rocas, se veía sólo una gran ma